La soledad IX
Es verdad que prácticamente no veo la tele, pero debe ser que lo poco que la veo basta para que algún comercial se quede grabado en mi subconsciente. Quizá sea por eso que anoche soñé que estaba en ese lugar tan curioso que aparece en un anuncio de automóviles, el lugar de las cosas que nunca hiciste.
Había una casita pequeña, rodeada de un pequeño jardín. Era poca cosa, pero me parecía preciosa. Era original y acogedora. Tenía una valla baja de madera blanca, como las que salen en las pelis. Era un barrio tranquilo y conocía a todo el mundo; me sonreían al saludarme cuando me veían, y me preguntaban qué tal estaba.
Había dos críos encantadores, una niña de unos 4 años con ricitos castaños y un niño de unos 5 ó 6, que comenzaban a gritar como locos cuando yo entraba en casa y competían por ver quién llegaba antes a abrazarme. Se aturullaban entre los dos intentando contarme antes que el otro no sé qué cosas, irrelevantes para mí, pero que me hacían sonreir y sentir bien.
Había una mujer, que no sabría describir muy bien, a la que descubría mirándome desde el umbral de la puerta del salón entre los gritos de los críos, con esa mirada que me hincha el pecho y me derrite a la vez, esa mirada que dice tantas cosas que podría escribir un libro sólo enumerándolas. Me sonreía, y me hacía sonreir a mí, porque los dos sabíamos, sólo con mirarnos, que éramos lo que el otro siempre había buscado, nuestra media naranja.
Pero hubo algo que llamó mi atención por encima de todo; no era nada en particular, sino más bien algo que flotaba, un sentimiento. Me rodeaba y me inundaba una deliciosa sensación de compleción, entre la alegría y la euforia, como el corredor de la maratón que alcanza la meta. Una sensación de esas que ni todo el oro del mundo podría pagar. Una sensación de esas que sólo alcanza a entender completamente aquel que la ha vivido.
No recuerdo cómo continuaba mi sueño, ni si ví algo más. Desde que me he despertado tengo ese sabor agridulce de quien ha visitado en sueños un bello lugar. Sólo en sueños, como en el anuncio.
Por cierto, no tenía coche.
Esa noche Marc estaba más pensativo de lo habitual. La mirada perdida en el fondo de su vaso de whiskey añejo y esa suave música de Brahms. Hace balance de lo que tiene, de lo que es. Repasa el debe y el haber. Sabe que hay tantas cosas en el debe que no encuentra importante su haber. Sabe dónde querría estar, dónde no está. Tan lejos se encuentra de su Shagri-la que la ve perdida. Cree que ya nunca podrá alcanzarla. La ve alejarse día tras día, como el puerto que deja atrás el barco que zarpa. Cada vez más pequeño, hasta que desaparece.
Es un ventoso día de otoño, y aunque ya empieza a hacer frío, Marc decide caminar. No tiene prisa, nadie le espera. Cierra su gabardina y alza el cuello para protegerse un poco mejor. En el fondo le gusta sentir el aire fresco en la cara, pero hoy está un poco despacible. Un gesto en su bolsillo y su MP3 comienza a sonar. Amaral le canta una canción que conoce perfectamente.
Es sábado por la tarde, y un hombre, ensimismado en sus pensamientos, avanza entre la ruidosa riada de gente que se desplaza por el túnel buscando su destino. Al fondo, en una esquina, un guitarrista finaliza una pieza. "Éste es bueno", piensa el viajero. Tras una breve pausa en la que se pregunta por qué alguien que toca tan bien la guitarra pide en el metro, comienza a tocar de nuevo. Suenan los primeros acordes de esa pieza que tantas veces escuchó hace años: Recuerdos de la Alhambra, de Tárrega.
Hace poco me comentaba un amigo del alma: "hay dos clases de motoristas: los que ya se han caido y los que se van a caer". Pretendía concienciarme ante lo que sin duda pasará. Esto iba al hilo de otra aseveración que me dejó igual de jodido: "la pregunta no es si te vas a caer o no; la pregunta es cuándo". "Con amigos como éste...", pensaréis. En realidad está todo bien. Quien bien te quiere te hará llorar, ya se sabe. Lo malo de esto es que te hace sabedor de que a partir de ahora existe una espada de Damocles sobre ti, y de que nadie te va a avisar de cuál será el día, para que te quedes en la cama.
Nunca me ha gustado especialmente la televisión; de hecho, rara vez la veo. Me parece una bazofia infumable, sobre todo los canales generalistas. Pero últimamente me estoy americanizando, y he descubierto que la única TV que se salva es la de pago. Hay algunos canales que merece la pena ver; algunos de vez en cuando y algunos continuamente. Entre los primeros, el que emite la serie que veo siempre que pillo: Sex and the city, o Sexo en Nueva York, el título que han decidido darle aquí.
Qué mal, esto de viajar. No por el viaje en sí, coger un avión e irte a donde sea, ni por el hecho de estar lejos de casa, en otro país, con otro idioma, otra gente, otras costumbres y otra forma de vida, sino por el hecho de volver.
Cuando quedo con mis amigos siempre acabamos hablando de los mismos temas. En concreto, el tema de las mujeres es un clásico (las mujeres también hablais de hombres, todos lo sabemos). Hablando de mujeres, es raro que no acabemos hablando de sexo. Y hoy no ha sido una excepción. Al final, el tema ha derivado hacia la frecuencia. Que cuántas veces es normal hacerlo al día (algun@ se preguntará si de verdad hay alguien que lo hace varias veces al día), o quizá a la semana. En qué momentos se hace o no se hace, y todo eso.
A veces me pregunto qué es lo que hace que alguien nos interese, nos guste, nos enamore. Qué es lo que hace saltar la chispa, qué es lo que sucede en nuestro interior que nos vuelve del revés y nos hace sentir como críos inexpertos.
Todos evolucionamos con el tiempo. Es como subir por la ladera de una montaña, despacito. La mayoría del tiempo miras hacia el suelo, decidiendo dónde pones los pies para no caer. A veces levantas la vista buscando el punto al que te has propuesto llegar, tu referencia. Incluso imaginas cómo será estar allí, aunque entiendes que sólo lo sabrás cuando llegues. Alguien te contó cómo es aquello allá arriba, pero lo que te cuenten no es comparable a verte allí, a vivirlo, a sentirlo. Quieres andar el camino, avanzar, llegar.
Retomo mis aparcadas costumbres. Una de ellas, escribir sobre las cosas que pienso. Me hice una promesa, que ahora cumplo: escribir esta entrada. Dedicársela a la gente que se lo merece, desde este modesto pedestal frente a la nada y frente a todos.
"Es ley de vida", piensa uno, o te dicen, cuando alguien próximo a ti finaliza sus días. "Vivió feliz", "conoció a sus biznietos" o "estuvo rodeado de los suyos hasta el final", son frases que suelen sonar en los funerales de aquellos afortunados que han podido disfrutar de algunos de los grandes acontecimientos que un ser humano puede vivir.
Hay una manera infalible de saber si uno es verdaderamente el amo de la casa en la que vive, o si juega un papel secundario: bajar al super a comprar algo, pero única y exclusivamente 3 cosas. ¿Bajar a comprar 3 cosas nos dirá si somos los amos? No, pero ahí se deriva la clave, ya que la respuesta no está en que bajemos a por tres, sino en cuántas traemos cuando subimos. Si traemos sólo esas 3, a no ser que pertenezcamos a ese 1% de metódicos, seremos unos mandaos. Pero si de verdad somos los amos, será sencillo comprobarlo: subiremos cargados como burros con cuatro bolsas llenas de cosas a por las que en principio no bajábamos. Para más inri, no traeremos dos de las tres cosas que bajábamos a buscar, porque entre tantas otras, se nos han olvidado.
Todavía no he llegado a la mitad de mi vida, pero ya he pasado ese punto en el cual te paras a hacer repaso de dónde estás, y compruebas si coincide con dónde querías estar al llegar aquí. El momento, o la frecuencia con la que hacemos esto, no es un estándar; hay gente que navega por la vida improvisando, sin plantearse nada, mientras que en el otro extremo, otros se pasan los años hamleteando sobre todo. Por ahí en medio andan los que lo hacen el 31 de diciembre a las 23:45, aunque claro, sin demasiadas pretensiones. Personalmente opino que no viene mal hacerlo de cuando en cuando, sobre todo cuando tienen lugar cambios de importancia en tu vida; los finales de etapa, los comienzos de otra. Puede ayudar a situarte, y te puede dar información valiosa sobre lo que hiciste bien o mal, por si pudieras aplicarlo en el futuro.
Hace poco invertí en un equipo
Hoy he despedido a otro compañero. Lo fue durante 9 años. Fueron tiempos de alegrías, viajes, días duros y noches más duras (jeje). Vimos varios paises juntos y recorrimos muchos miles de kilómetros. Muchas cosas vio pasar fuera, muchas otras pasaron dentro.
Anoche lo hablaba con la luna:
Preocupado estoy. Lo venía pensando en el autobús. Hace poco he descubierto que un grupito del curro me llama "el friki". No me molesta, claro, ya que no lo hacen con mala intención. Pero he discutido con ellos porque pienso que ese mote es altamente inmerecido. Supongo que ellos tendrían sus razones, pero personalmente pienso que elegieron ese porque no se les ocurrió otro. O bueno, quizá por algún comentario que hice al respecto de mi disfraz de Darth Vader. Coñas aparte (no tengo ni tendré un disfraz de Darth Vader ni de nada, evidentemente), no conseguí quitarles la idea de la cabeza, y me vine a casa bastante pensativo. "Yo no soy un friki", pienso. "Estos no han conocido nunca a un friki de verdad". Como evidentemente no me quita el sueño sacarles de su error, lo dejé ahí, pero curiosamente, unos días después ví en Terra un banner sobre no sé qué del Orgullo Friki. Pensé: "ya no saben qué inventar". Pinché por curiosidad, y aparte del artículo, encontré un link a un test, que aparentemente, mide tu grado de frikismo. Convencido de tener un arma que esgrimir contra lo injusto de mi mote, me dispuse a completarlo. Así lo hice.