La muerte III
"Es ley de vida", piensa uno, o te dicen, cuando alguien próximo a ti finaliza sus días. "Vivió feliz", "conoció a sus biznietos" o "estuvo rodeado de los suyos hasta el final", son frases que suelen sonar en los funerales de aquellos afortunados que han podido disfrutar de algunos de los grandes acontecimientos que un ser humano puede vivir.
Pero la muerte no siempre golpea donde esperamos; no siempre emplea nuestra lógica, una lógica basada en los sentimientos y en nuestra idea de lo que debe o no debe ser. La muerte golpea a veces donde más duele. ¿Qué sucede cuando se lleva a alguien que ni siquiera navega aún en su propio barco? ¿Qué pasa cuando esa "ley de vida" que se nos lleva cuando arrugados, se parte en mil pedazos? ¿Qué sucede cuando la lógica y la justicia parecen haberse ido juntas de vacaciones? ¿Qué sucede cuando los días que tocan a su fin sólo suman 16 años? ¿Cómo quedan esas familias, esos amigos?
Es difícil sólo imaginar lo que puede pasar por las mentes y los corazones de sus seres queridos cuando algo así sucede. Para alcanzar a entender sólo la milésima parte, no tenemos más que imaginar que hemos sido nosotros los que hemos sufrido esa pérdida, y a poca imaginación que tengamos, vislumbraremos esa sensación que se tiene al estar al pie de un abismo del que ni siquiera vemos el fondo. Pero imaginando no se puede llegar a sentir lo mismo, ni esa milésima parte. ¿Cómo imaginar lo que puede sentir alguien cuando le parten en dos? Sencillamente, no se puede.
Pensando qué música puede acompañar una entrada como ésta, la evidencia me golpea en la frente. Azul (Juliette Binoche, 1993) ejemplifica con imágenes, música y un color lo que puede sentir una persona cuando ve su vida partida en dos por la falta de lógica. Recomendable para todos aquellos que piensan y reflexionan. Imprescindible para los que escuchan y sienten.
La vida es un camino lleno de piedras.
Ya lo había oído antes de sentirlo. En boca de los protagonistas o de alguno de sus seres queridos: hay dos cosas que inevitablemente pasan por tu cabeza los días posteriores a un accidente. Una de ellas es la fragilidad del cuerpo humano. No está diseñado para moverse a más de 35 ó 40 Km/h. Incluso a esa velocidad, cualquier golpe con un objeto sólido nos produce un gran daño. Roturas, desgarros. Somos frágiles, nos rompemos. Si la velocidad aumenta, nuestra fragilidad lo hace proporcionalmente. A más velocidad, nos asemejamos al cristal. Pero la gente parece no entenderlo. No es la típica cosa que uno piense cuando pisa un acelerador, o peor aún, cuando gira la muñeca. Pero no por ello deja de ser menos cierta. Si alguna circunstancia desgraciada ocurre, las leyes de la física se encargan de recordárnoslo de golpe. Después, sólo podemos lamentar. Y meditar sobre esta cuestión... y la siguiente.
Un miembro de mi familia ha fallecido hace poco. Era bastante próximo en parentesco, pero la distancia geográfica y los años sin vernos nos acabaron haciendo inevitablemente lejanos. Tanto, que su pérdida no ha supuesto para algunos ni de cerca lo que significará cuando otra persona, con igual parentesco y total cercanía física, nos abandone. Esto nos hace plantearnos esa idea que siempre se dice respecto a la invariabilidad de los lazos familiares, frente a los amistosos o los de pareja. "Siempre estarán ahí". Sí, siempre estarán legalmente. Pero el roce hace el cariño, queramos o no, y la falta de roce, aunque nos pese, hace la falta de cariño. No creo que esto sea una regla fija, pero podríamos tomarlo como la norma. De cualquier modo, esto confirma también que las relaciones entre seres humanos nacen, se alimentan, crecen y, si no las mantenemos, acaban muriendo, por muy oficiales que sean. Cuántas veces nos habrá sucedido esto, y cuántas nos sucederá. ¿Queremos que nos vuelva a pasar otra vez? ¿Le pondremos remedio cuando todavía estamos a tiempo? Todo depende de nosotros; en nuestra mano está.