Las edades del hombre VII
Recuerdo una vez, hace muchos años. Alguien me hizo una comparación. En aquel momento me gustó, pero no le hice mucho caso. El objeto de la comparación era algo que yo tenía, y que nunca había perdido. Aquellos eran tiempos en los que todo nace, y mi corta comprensión de las cosas de la vida no me permitió entender la profundidad del consejo que me estaban ofreciendo.
Las amistades son como un árbol. Crecen con el tiempo. Al principio puede que sólo sea un único tronco, pero a poco que le des lo que necesita, verás crecer sus ramas, sus hojas. Incluso habrá un tiempo en el que lo veas crecer casi sin preocuparte por él. Pero a los árboles, como a las amistades, hay que cuidarlos. Hay que regarlos, hay que abonarlos. Hay que alimentarlos. Porque llegará un momento en el que, si no lo haces, el árbol comenzará a secarse. Empezarás a ver caer sus hojas, se arrugarán sus ramas. Perderá color, y al final, si no lo evitas, se secará. Si te das cuenta antes de que se seque del todo, y luchas por salvarlo, puede que tengas suerte y consigas recuperarlo, pero si no lo haces, si crees que puede vivir solo, sin que te ocupes de él, lo verás morir. Y en ese momento ya no podrás hacer nada por recuperarlo. No valdrá de nada abonarlo, ni regarlo. Habrá muerto, y sólo podrás lamentarte de no haberlo cuidado como se merecía.
Una buena amistad es algo vivo, que debes cuidar. Es el mayor de los tesoros, y sólo te das cuenta de la profundidad de esta simple afirmación con el paso de los años, con la edad. Cuando ya has visto secarse a varios árboles, te preguntas por qué; con lo fácil que habría sido cuidarles un poco, mantenerles vivos. Qué poco habría costado.
Esa noche Marc estaba más pensativo de lo habitual. La mirada perdida en el fondo de su vaso de whiskey añejo y esa suave música de Brahms. Hace balance de lo que tiene, de lo que es. Repasa el debe y el haber. Sabe que hay tantas cosas en el debe que no encuentra importante su haber. Sabe dónde querría estar, dónde no está. Tan lejos se encuentra de su Shagri-la que la ve perdida. Cree que ya nunca podrá alcanzarla. La ve alejarse día tras día, como el puerto que deja atrás el barco que zarpa. Cada vez más pequeño, hasta que desaparece.
Es sábado por la tarde, y un hombre, ensimismado en sus pensamientos, avanza entre la ruidosa riada de gente que se desplaza por el túnel buscando su destino. Al fondo, en una esquina, un guitarrista finaliza una pieza. "Éste es bueno", piensa el viajero. Tras una breve pausa en la que se pregunta por qué alguien que toca tan bien la guitarra pide en el metro, comienza a tocar de nuevo. Suenan los primeros acordes de esa pieza que tantas veces escuchó hace años: Recuerdos de la Alhambra, de Tárrega.
Todos evolucionamos con el tiempo. Es como subir por la ladera de una montaña, despacito. La mayoría del tiempo miras hacia el suelo, decidiendo dónde pones los pies para no caer. A veces levantas la vista buscando el punto al que te has propuesto llegar, tu referencia. Incluso imaginas cómo será estar allí, aunque entiendes que sólo lo sabrás cuando llegues. Alguien te contó cómo es aquello allá arriba, pero lo que te cuenten no es comparable a verte allí, a vivirlo, a sentirlo. Quieres andar el camino, avanzar, llegar.
Todavía no he llegado a la mitad de mi vida, pero ya he pasado ese punto en el cual te paras a hacer repaso de dónde estás, y compruebas si coincide con dónde querías estar al llegar aquí. El momento, o la frecuencia con la que hacemos esto, no es un estándar; hay gente que navega por la vida improvisando, sin plantearse nada, mientras que en el otro extremo, otros se pasan los años hamleteando sobre todo. Por ahí en medio andan los que lo hacen el 31 de diciembre a las 23:45, aunque claro, sin demasiadas pretensiones. Personalmente opino que no viene mal hacerlo de cuando en cuando, sobre todo cuando tienen lugar cambios de importancia en tu vida; los finales de etapa, los comienzos de otra. Puede ayudar a situarte, y te puede dar información valiosa sobre lo que hiciste bien o mal, por si pudieras aplicarlo en el futuro.
Crepúsculo. Espero a un amigo. Siempre llega tarde, como yo. Respiro mi temperatura ideal, como si quisiera memorizarla para siempre. No hay frío, no hay calor, no hay más estaciones. Sólo estos deliciosos 24 grados. Veo el reflejo anaranjado del sol que se oculta. Lentamente, el cielo se oscurece.
Érase una vez un crío. Pasaba sus veranos, semanas santas, resto de puentes y fiestas de guardar en un pequeño pueblecillo al pie de un monte. Disfrutaba como nadie con todos los chavales de su edad. Salía de casa por la mañana y sólo aparecía a la hora de la comida y a la del bocata. Los días eran eternos. En aquella época no había consolas, ni ordenadores o internet. No había móviles ni correo electrónico. Jugaban a cualquier cosa, y lo pasaban bien todos juntos, chicos y chicas. En el prado, en el monte, en las vías del tren. En la vieja fábrica, en el túnel. En la finca del rico del pueblo, en la carretera. Cualquier sitio era bueno. Podían ir donde quisieran, salir y entrar. Una maravillosa infancia y adolescencia llena de amigos.
Fina es la línea que separa el amor de la necesidad. "When I was young, I never needed anyone", nos canta Eric Carmen. Efectivamente, cuando somos jóvenes, la balanza entre el amor y la necesidad está totalmente desequilibrada a favor del amor. La necesidad no está entre los parámetros de los jóvenes, salvo raras excepciones (sólo conozco un caso). Pero las cosas cambian con la edad. Cada vez nos movemos menos, salimos menos, y nos es más difícil conocer gente y entablar relaciones, por lo que los períodos de soledad (si existen) se van haciendo cada vez más largos. Esto, junto a ciertos temas relativos al arroz, se ponen en el otro lado de la balanza. También, con la edad, se va apagando esa necesidad de sentir amor en su vertiente más fogosa, pasional y visceral, y otras necesidades ligeramente diferentes van tomando protagonismo: la de sentirnos queridos, la de tener cariño a nuestro alrededor, la de contar con alguien a tu lado.
Es curioso ver cómo cambiamos con el tiempo. Cómo evolucionamos. Cómo eso que creíamos un principio fundamental de nuestra personalidad, se ajusta, se moldea, cambia... y a veces incluso desaparece. Sí, las cosas cambian; las personas también. No lo sabemos hasta que nos pasa la primera vez. "Yo soy así, y no cambiaré" es una frase de quien no ha vivido lo suficiente. Al que ha vivido, la propia vida se ha encargado de hacerle ver cuán equivocado estaba.