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domingo, 21 de octubre de 2007

La sociedad IV

Por ahí debería irme a vivirQué mal, esto de viajar. No por el viaje en sí, coger un avión e irte a donde sea, ni por el hecho de estar lejos de casa, en otro país, con otro idioma, otra gente, otras costumbres y otra forma de vida, sino por el hecho de volver.

Hay paises que simplemente visitas; conoces un poco a la gente, te empapas todo lo que puedes de lo que ves, haces unas fotos y a casa. Pero hay una serie de sitios en los que descubres cosas que verdaderamente te encantan. Te das cuenta de que eso es infinitamente mejor que lo que tu tienes, porque claro, que levante el dedo el que es capaz de resistir la tentación de comparar con lo suyo cuando sale por ahí. Es en estos momentos cuando aparece esa media sonrisa mientras piensas "vaya... yo creía que España era el mejor sitio del mundo para vivir". No quiero decir con esto que no piense que lo sea, sino que a veces encuentras una serie de cosas, formas de pensar en las personas, costumbres y formas de vida, entornos, qué sé yo, que despiertan envidia (sana, claro) en ti. Te gustaría poder disfrutar de "eso" todos los días. Después vuelves a casa, y a todas tus realidades cotidianas. Aquí no hay de aquello, ni lo va a haber en muchos años.

Lo peor no es sentir un poco de envidia de vez en cuando, ya que es bastante sano y nos permite recordar que no somos el ombligo del mundo. Lo peor es volver del país X y pensar "yo tendría que vivir allí. Seguro que tendría todo lo que necesito y que encontraría todo lo que busco". De ahí lo de "qué mal, esto de viajar". Qué mal encontrar países en los que te gustaría vivir. Sobre todo si piensas mucho en las cosas y tienes total libertad de movimientos.

El próximo viaje, a Burkina Faso.

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jueves, 12 de julio de 2007

Las edades del hombre IV

No todos los sueños se cumplenTodavía no he llegado a la mitad de mi vida, pero ya he pasado ese punto en el cual te paras a hacer repaso de dónde estás, y compruebas si coincide con dónde querías estar al llegar aquí. El momento, o la frecuencia con la que hacemos esto, no es un estándar; hay gente que navega por la vida improvisando, sin plantearse nada, mientras que en el otro extremo, otros se pasan los años hamleteando sobre todo. Por ahí en medio andan los que lo hacen el 31 de diciembre a las 23:45, aunque claro, sin demasiadas pretensiones. Personalmente opino que no viene mal hacerlo de cuando en cuando, sobre todo cuando tienen lugar cambios de importancia en tu vida; los finales de etapa, los comienzos de otra. Puede ayudar a situarte, y te puede dar información valiosa sobre lo que hiciste bien o mal, por si pudieras aplicarlo en el futuro.

Y puedes encontrar que efectivamente, no estás donde creíste que ibas a estar. No tienes lo que creíste que ibas a tener. No has hecho lo que creíste que ibas a tener hecho. E incluso puede ser peor: puedes encontrar que ya no podrás tener algunas de estas cosas, que tu momento ha pasado. La sensación que te queda no es nada agradable.

Es por esto que conviene tener cuidado con lo que se desea para uno, porque no sólo puede suceder como en el dicho, que se cumpla, sino que puede pasar todo lo contrario, que no se cumpla. Y aunque sea muy, muy difícil, deberíamos hacer un ejercicio de madurez y previsión cuando lanzamos nuestros deseos al aire, y pensar cómo nos puede sentar al cuerpo si años después éstos no se ven completos.

Parece un poco pesimista el post, pero no es la intención; es sólo una reflexión con moraleja: la vida da muchas vueltas, y no está de más llevar un poco de realismo en el fondo de la maleta, porque aunque tengamos muchas ilusiones y luchemos por ellas, a veces la vida nos colocará donde no pensábamos ir, y nos será maravillosamente útil saber encajarlo sin frustraciones.

Aunque quizá sea mejor disfrutar de Diana Krall sin darle vueltas a esto...



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jueves, 21 de junio de 2007

La muerte II

Alguien se divierte tirando los dadosYa lo había oído antes de sentirlo. En boca de los protagonistas o de alguno de sus seres queridos: hay dos cosas que inevitablemente pasan por tu cabeza los días posteriores a un accidente. Una de ellas es la fragilidad del cuerpo humano. No está diseñado para moverse a más de 35 ó 40 Km/h. Incluso a esa velocidad, cualquier golpe con un objeto sólido nos produce un gran daño. Roturas, desgarros. Somos frágiles, nos rompemos. Si la velocidad aumenta, nuestra fragilidad lo hace proporcionalmente. A más velocidad, nos asemejamos al cristal. Pero la gente parece no entenderlo. No es la típica cosa que uno piense cuando pisa un acelerador, o peor aún, cuando gira la muñeca. Pero no por ello deja de ser menos cierta. Si alguna circunstancia desgraciada ocurre, las leyes de la física se encargan de recordárnoslo de golpe. Después, sólo podemos lamentar. Y meditar sobre esta cuestión... y la siguiente.

La segunda cosa que pasa por tu cabeza es la fugacidad de la vida. Su volatilidad. Lo rápido que puede cambiar todo en ella. Radicalmente. Que puedes perderlo todo en un instante. Que lo bueno puede tornarse malo, y lo malo, terrible. Que no hay ventanilla de reclamaciones. Que estamos aquí de paso y que nadie te garantiza nada. Que de repente puedes encontrarte en la situación de repasar si ya hiciste todo lo que querías hacer en la vida. De repasar qué no podrás hacer ya.

Después, y a poco que pienses en las cosas, también meditas sobre el destino, la suerte y otros temas. Te preguntas si ya está todo escrito en algún sitio y tu sólo eres una marioneta, o bien si eres dueño de tus actos y puedes elegir tu propio camino. Te planteas si te desplazas por vías previamente ensambladas o si podrás ir donde te lleve el viento. Te planteas cuál es tu papel en tu propia vida, si eres el director o sólo un actor de reparto.

Hace unos días he tenido un accidente en mi coche. Un buen golpe, aunque salí intacto. Ira probablemente al desguace; yo, por fortuna, continuo aquí, pero estoy obligado a reflexionar (últimamente me estoy viendo forzado a reflexionar sobre muchas cosas, varias de ellas de crucial importancia en la vida de una persona). Y reflexiono y aprendo (y os invito a que vosotros lo hagais también) porque suscribo la filosofía que emana de este bonito dicho, que comparto aquí con vosotros:

Los buenos tiempos están para disfrutarlos; los malos, para aprender de ellos.

Nunca perdais la capacidad de aprender.

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martes, 5 de junio de 2007

Los cambios II

Mi empresaUna vertiente no muy agradable de los grandes cambios es el típico aislamiento que se sufre. La gente suele tener bastante con sus propios problemas, y es raro encontrar a alguien que muestre un poco de empatía con los tuyos. Tú pasas los días intentando comprender el cambio en el que estás inmerso, intentando averiguar cuál es la mejor manera de sobrevivir a él y procurando no llevarte más heridas de las necesarias en el durante, mientras que al resto del mundo le traen al pairo todos estos temas. Lo más normal es que cada uno, independientemente de lo próximo que esté de tí, intente arrimar el ascua a su sardina, sin tener en cuenta si pasas un momento difícil, si estás bien o mal o si necesitarías un poco de ayuda. Exigen lo mismo de tí, lo que has dado siempre, lo que de continuo han tenido, como si nada pasara. Incluso te recuerdan que tú siempre has dado más, sin tener en cuenta lo más mínimo cómo tienes el cuerpo... y el alma.

Quizá deba ser así; quizá sea ley de vida esto de pasar por los grandes cambios tú solo, por aquello de hacerte fuerte. O quizá es que debemos realizar una lectura mimética de ello, y aprender a pasar de los demás del mismo modo que los demás pasan de tí, por aquello de adaptarte al entorno, de no destacar.

O quizá sea que la respuesta está oculta en la propia pregunta, y simplemente es que no se le pueden pedir peras de comprensión al olmo del que te estás bajando.

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lunes, 2 de abril de 2007

La sociedad I

Ahí abajo, la sociedad españolaRecuerdo las otras urbanizaciones o pisos en los que he vivido. Estaban llenos de jóvenes. Me avergüenza decir esto por la parte que me toca, pero he visto una y otra vez cómo nadie conoce a nadie en estas comunidades, y cómo a nadie le importa esto lo más mínimo. ¿Quién les enseñó a todos estos incivilizados cómo comportarse en sociedad? ¿Papá y mamá? Pues vaya con esos papás...

Las sociedades están en continuo cambio, evolucionan. Los sociólogos sabrán más de esto. Cómo va a afectar a estas generaciones una serie de temas, como el hecho de que la vivienda cueste tanto que obliga a la mayoría de las parejas a que los dos trabajen fuera de casa, lo que deja en muchos casos la educación y el control de los hijos en manos de desconocidos o peor aún, en manos de aparatos conectados a la televisión (papá 1, papá 2, papá 3). Cómo nos está afectando el que en los telediarios tengan a bien mostrarnos en primer plano los trozos sangrantes de los seres humanos despedazados por el último atentado en oriente medio. Cómo afecta a nuestros hijos el ver cómo sinvergüenzas, vagos, inútiles y vividores tienen más éxito en esta sociedad y ganan más dinero viviendo del cuento que casi cualquier trabajador decente. Tantas y tantas cosas que aparecen en los últimos años y que forman parte de nuestra cotidianidad, sin duda están afectando a las nuevas generaciones, y sólo dentro de unos cuantos años, cuando ya sea tarde para poner remedio a nada, veremos los resultados.

Volviendo al tema: es realmente reconfortante ver cómo las personas mayores, en muchos casos ancianos, nos dan lecciones de urbanidad y comportamiento sin saberlo. Ver cómo no sólo conocen a todo el mundo, sino que se interesan, te preguntan cómo estás y cómo te va con una sonrisa en la boca. Sí, de vez en cuando cotillean, pero pídeles un favor, verás cómo están ahí al pie del cañón sin más interés que el simple hecho de echarte una mano. Resulta curioso ver el contraste de este tipo de comportamiento con el de los jóvenes. En las reuniones de vecinos, sin ir más lejos. La gente mayor trata los temas pensando en el bien de la comunidad, lo que nos irá mejor a todos, saben y calibran el impacto que tendrán ciertas decisiones para algunos vecinos, su problemática, e intentan minimizarlo. Curioso, al compararlo con ciertos personajes, desgraciadamente jóvenes, supongo que educados en la calle, que se expresan tan bien como un pitbull en la arena, y sólo van a las reuniones para explicar el problemón que tienen, para que la comunidad se lo solucione, para quejarse de todo lo que pueden e incluso para reventar las reuniones. El resto de temas les trae al fresco, el resto de vecinos no existen. Que les den por saco, mientras me solucionen mi tema. Qué bonito.

Me resisto a creer que así deben ser las cosas, que debemos pensar siempre en nosotros, que no nos deben importar lo más mínimo los seres humanos que nos rodean. ¿Para qué nos habrá tocado en herencia un cerebro con tanta capacidad? ¿Para qué tendremos ojos, oídos y sentidos? ¿Es tan difícil darnos cuenta de que estamos rodeados de otros seres humanos como nosotros? ¿Es que vivimos en una burbuja? ¿O es que a algunos les gustaría?

Recuerdo cuando hace no mucho hubo grandes disturbios en Francia. Los sociólogos se apresuraron a ir a todas las televisiones a explicar los porqués de tamaña barbarie. Parece que las raíces estaban unas décadas atrás, y habían evolucionado de mala manera porque nadie se había preocupado por pensar qué pasaría dentro de unos años en zonas pobres y mal comunicadas, con las siguientes generaciones de inmigrantes, con el paro, con el aislamiento, con la falta de recursos económicos, de educación y de cultura. Los que pueden hacer, cambiar, solucionar, esos a los que votamos de vez en cuando y que gastan el dinero que nosotros ganamos como mejor les parece, no se preocupan con este tipo de situaciones a medio-largo plazo. Las elecciones, el poder, los sillones y la pasta (nuestra pasta) que manejan se renuevan cada 4 años, no hace falta planificar ni estudiar a 20 ó 30 años vista, cuando a lo mejor están los otros en el sillón. Además, qué difícil, oiga.

Así nos va.

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sábado, 24 de febrero de 2007

El amor I

¿Amor o necesidad?Fina es la línea que separa el amor de la necesidad. "When I was young, I never needed anyone", nos canta Eric Carmen. Efectivamente, cuando somos jóvenes, la balanza entre el amor y la necesidad está totalmente desequilibrada a favor del amor. La necesidad no está entre los parámetros de los jóvenes, salvo raras excepciones (sólo conozco un caso). Pero las cosas cambian con la edad. Cada vez nos movemos menos, salimos menos, y nos es más difícil conocer gente y entablar relaciones, por lo que los períodos de soledad (si existen) se van haciendo cada vez más largos. Esto, junto a ciertos temas relativos al arroz, se ponen en el otro lado de la balanza. También, con la edad, se va apagando esa necesidad de sentir amor en su vertiente más fogosa, pasional y visceral, y otras necesidades ligeramente diferentes van tomando protagonismo: la de sentirnos queridos, la de tener cariño a nuestro alrededor, la de contar con alguien a tu lado.

Querer a alguien no es lo mismo que necesitar a alguien. Hay gente que no sabe estar sola, que no puede vivir sola. Estar solo es fácil de decir, pero muy difícil de soportar. Las personas que necesitan a alguien a su lado no conciben la vida sin su pareja, no son capaces de imaginar cómo vivirían sin alguien junto a ellas. Este fenómeno es curioso de ver, pero existe, incluso en jóvenes. Hay personas que necesitan tener a alguien que esté pendiente de ellas, sólo para sentirse bien. La componente egoísta de estos perfiles es enorme, y ni siquiera conciben que tengan ningún tipo de problema.

Leaving Las Vegas (Nicolas Cage, Elizabeth Shue, 1995) dibuja a la perfección esta línea de la que hablo. Sera (la buscona) se enamora (¿necesita?) de Ben, el alcohólico. Él la trata bien, la respeta, seguramente más de lo que nadie lo hizo nunca. Ella le quiere, le necesita. No quiere estar sola. Él es la única persona que ha demostrado sentimientos por ella, quitando su chulo, que no parecía apreciarla mucho. Ella tiene necesidad de tener alguien a su lado. Es también esta necesidad la que mantiene "unidas" a muchas parejas, que ven cómo su relación se ha ido al traste hace tiempo, pero que no quieren dejarla atrás por esta razón. Tantos años teniendo, para dejar de tener casi de golpe... Verdaderamente duro.

Es algo para plantearse, cuando conoces a alguien nuevo. Se mete en tu vida y de repente, ahí está. ¿La quieres? ¿O...la necesitas? No estaría mal que nos hiciéramos esta pregunta al poco de comenzar con alguien. Nos ahorraríamos muchos disgustos futuros...

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viernes, 23 de febrero de 2007

Las edades del hombre I

Todos somos más o menos igualesEs curioso ver cómo cambiamos con el tiempo. Cómo evolucionamos. Cómo eso que creíamos un principio fundamental de nuestra personalidad, se ajusta, se moldea, cambia... y a veces incluso desaparece. Sí, las cosas cambian; las personas también. No lo sabemos hasta que nos pasa la primera vez. "Yo soy así, y no cambiaré" es una frase de quien no ha vivido lo suficiente. Al que ha vivido, la propia vida se ha encargado de hacerle ver cuán equivocado estaba.

Cuando tenía titantos veía a las chicas de taitantos como mujeres mayores. Lo del bolso me asustaba. Cuando me acercaba a los 30 fui entendiendo que lo del bolso no quería decir que sólo pensaran en casarse o en sus hijos. Y ahora, año tras año, me doy cuenta de que da lo mismo la edad. Somos más o menos las mismas personas, con matices, pero los mismos. Solo que más mayores. Todo aquel a quien preguntes, te dirá lo mismo: "yo me veo básicamente igual que cuando tenía 10 ó 15 años menos". Todos nos vemos más o menos igual. Son sólo los ojos de los demás los que nos ven mayores. Todos tenemos esa extraña sensación a veces, cuando alguien 7 u 8 años menor que tú dice de hacer algo, y te mira como pensando "a ver éste, que como está mayor, no le apetecerá". Tú lo notas y piensas "joer, chaval, que yo soy exactamente igual que tú, sólo que nací 6 años antes..."

¿Quién no ha tenido nunca esa sensación?

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domingo, 18 de febrero de 2007

La soledad III

Todos los días igualHoy es un día como cualquier otro. No se diferencia nada de todos los últimos días. Más de lo mismo. No hay ninguna variación. Tengo tan pocas ganas de hacer las cosas que tengo que hacer como cualquiera de las últimas semanas. La situación se repite. Una y otra vez. Sé que sólo yo puedo cambiarla, pero simplemente, no me apetece. Prefiero ver pasar el tiempo. Estar tranquilo. Sin agobios, sin prisas. Sé que dentro de poco algo cambiará, y empezaré a coger el ritmito. De momento sólo me preocupo de sobrevivir, y mantener al día las actividades que permiten a todo ser humano llevar una vida normal. Todo ese otro conjunto de cosas que uno hace con toda la ilusión cuando las comparte con otr@, están en fila, esperando que les toque su turno cuando haga acopio de determinación. Ese momento no ha llegado todavía, así que...

Tengo unas cuantas cosas que hacer en casa; como todo aquel que se ha mudado hace poco. Pero como lo básico está cubierto, no apetece andar con complicaciones. La motivación empieza siempre en uno mismo, me dijeron no hace mucho en un curso. Sí, puede ser. Lo malo es que la desmotivación te rodee por doquier. Entonces se hace difícil hacerte el héroe.

A veces pienso que no quiero terminar de preparar mi cobacha por tener algún plan, algo que hacer, algo interesante y necesario para mi vida. Cuando todo esté terminado, todo a mi gusto y completamente equipado, sólo tendré que vivir. Que continuar viviendo. Y temo que la realidad me aplaste en ese momento. Temo no tener nada más en qué pensar, y ponerme a pensar en cómo es mi vida, dónde estoy, dónde quería haber estado, y lo lejos que están estas dos últimas cosas. Temo empezar a plantearme cómo será el resto de mi vida, y temo comenzar a estar a gusto y tranquilo en mi situación actual, porque eso dificultará más y más el mantenerme abierto a lo que venga, e irá cerrando mi puerta a encontrar a alguien con quien recorrer el camino.

Conozco el modo, sí. Sé que debo ponerme objetivos. Los tengo, de hecho. Hay unas cuantas cosas que quiero hacer a corto-medio plazo. Pero mientras en otras épocas esto ha sido un acicate, un punto de referencia en el horizonte a donde dirigirte, ahora no dejan de ser ideas, cosas que sé que haré, pero que no me motivan. Busco, quiero encontrar esa motivación, y no la encuentro. Veo pasar el tiempo. Veo más canas cada día, pero poca variación.

Lo único bueno es que sé que esto cambiará, estoy convencido. Sólo necesito... algo. El catalizador.

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