Curiosidades XV
Llevo 20 años conduciendo diferentes vehículos, y unos 35 cruzando calles por donde debía y por dónde no debía. Como persona observadora que soy, y dado que mientras esperas que un peatón cruce ante ti no puedes hacer otra cosa, he ido catalogando a los personajes que he visto cruzar, y los he agrupado en lo que pienso que son las clases de peatones a la hora de atravesar un paso de cebra:
El tímido
Es el que se queda 3 horas esperando a que pasen todos los coches, estén estos a 15 m. o a 300. Sólo pasarán cuando, después de haberte parado, les indiques con la mano o la mirada que pueden hacerlo.
El suicida
Este peatón se lanza a la calzada por cualquier sitio y sin mirar. Son los que salen en el telediario.
La retrasada
Es aquella madre que, sin mirar, saca el cochecito con su bebé al centro del paso de cebra, y cuando ella (como hace cuando va sola, claro) llega al borde del coche aparcado, entonces mira a ver si viene alguno. Ni que decir tiene que para cuando empieza a mirar, el bebé está en medio de la calzada, por supuesto. Qué lástima que no lo hagan al revés, cáchis...
Patapalo
Estos son esos peatones que, vagamente pendientes de si vienen coches o no, lanzados o no, o de si van a parar o no, clavan su mirada en el muñequito rojo de la acera de enfrente que les impide cruzar legalmente. Y son los que, con reflejos felinos, se lanzan a cruzar 12 milisegundos después de que aparezca el muñequito verde, sin importarles lo que pueda suceder a su izquierda. No recuerdan que las normativas de circulación y las leyes no les protegen del acero de los coches. No saben que "estaba en verde" no son las palabras mágicas para volver a andar.
El paradiña
Este peatón tiene típicamente entre 15 y 25 años. Obra de la siguiente manera: todavía desde la acera, cuando calcula que vas a llegar antes que él al centro del paso de cebra y que por lo tanto no pararás (tendría que pararse él), acelera disimuladamente su paso lo justo para llegar antes, y una vez que comprueba que te obligará a detenerte, realiza una paradiña con un espectacular juego de cadera, bajando la cadencia de su paso hasta igualar el de un bebé, para subrayar su brillante y merecida victoria sobre el conductor de la máquina asesina. Es fácil encontrar este tipo de peatón en grupos de 3-5 adolescentes que buscan ese fugaz momento de gloria vacilando al conductor.
El esquinero
Este tipo de peatón encuentra estadísticamente su mayoría en el colectivo femenino, no me preguntéis por qué. Son las que se ponen a cruzar en esa calle por la que tu vas a girar a la izquierda o a la derecha, en la que no hay ningún paso de cebra, y pese a que ven perfectamente tu intermitente, que calculan que te harán parar en medio de la calle para no llevártelas por delante y que probablemente obstaculizarás el tráfico si te quedas ahí parado esperando a que pase. A diferencia de el paradiña, no modifican su paso ni un ápice, y en su rostro no se refleja el triunfo, sino la indiferencia y la superioridad a partes iguales. Ni te miran.
El torero
Este es el peatón más divertido de observar. Se comporta exactamente igual que un torero en los últimos pases antes de entrar a matar. Cuando se lanza al paso de cebra lo hace mirándote desafiante y con el paso firme ("tú quieto ahí"). Cuando, haciendo uso del ABS y el ancla, consigues detener tu coche a dos palmos de sus piernas, reproducen el gesto del torero que, tras detenerse a 30 cm. del toro exhausto y ponerle la mano en la testuz, la retira con gesto de desaire y se da la vuelta, dándole la espalda a la bestia y esperando la ovación del respetable ante tamaña muestra de valor. Una vez que el peatón ha hecho parar al coche a 50 cm. de sus piernas sin vacilar, se limita a volver con desprecio la cabeza, normalmente en dirección contraria al coche, para seguir su orgulloso paseillo mientras imagina la plaza a su alrededor y a la muchedumbre que le grita "¡¡olé!! ¡¡torero!!"
Afortunadamente para todos, la mayoría de la gente se comporta como una persona normal cuando cruza una calle. Pero apuesto a que todos habéis visto a algún individuo de estos alguna vez. ¿Me equivoco?
Es un ventoso día de otoño, y aunque ya empieza a hacer frío, Marc decide caminar. No tiene prisa, nadie le espera. Cierra su gabardina y alza el cuello para protegerse un poco mejor. En el fondo le gusta sentir el aire fresco en la cara, pero hoy está un poco despacible. Un gesto en su bolsillo y su MP3 comienza a sonar. Amaral le canta una canción que conoce perfectamente.
Nunca me ha gustado especialmente la televisión; de hecho, rara vez la veo. Me parece una bazofia infumable, sobre todo los canales generalistas. Pero últimamente me estoy americanizando, y he descubierto que la única TV que se salva es la de pago. Hay algunos canales que merece la pena ver; algunos de vez en cuando y algunos continuamente. Entre los primeros, el que emite la serie que veo siempre que pillo: Sex and the city, o Sexo en Nueva York, el título que han decidido darle aquí.
Hace poco invertí en un equipo
El otro día cogí el metro. Como las últimas veces, en cada trayecto coincido con una más de las muchas personas que vagan por los trenes pidiéndote una ayuda cuando no es hora punta. No sé cómo se organizan, pero siempre me encuentro con alguna.
En muchos aspectos, me encanta Madrid. Un clima demasiado continental para mi gusto, pero delicioso en el entretiempo. Sí, las suaves temperaturas de la primavera y el otoño son demasiado cortas por estos lares. No obstante su fugacidad, la primavera en esta ciudad nos regala una explosión de cuerpos en flor, ávidos de mostrarse tras varios meses de obligada reclusión. Mujeres de todas edades, colores y condiciones muestran con una orgullosa naturalidad lo que los genes (y a veces la ciencia) les han dado, utilizándolo a modo de multiplicador de su atractivo, y a veces incluso de su belleza. La operación bikini está en su apogeo, los gimnasios están a reventar y los centros de bronceado a base de UVAs tienen unas colas (perdón, filas) por las tardes dignas de las mejores ofertas de rebajas. Todos sacamos la ropa de verano del armario y ellas sonríen al volver a ver esa camiseta que tantos beneficios les reportó el año pasado en la campaña publicitaria.
Hace unas décadas éramos los españoles los que emigrábamos. Dejábamos todo, nos liábamos la manta a la cabeza, y nos íbamos a Alemania, Holanda y otros países europeos en busca de lo que no teníamos aquí. En busca de un futuro mejor, en busca del pan para nuestros hijos. Perseguíamos aquello a lo que todo ser humano tiene derecho: mejorar sus condiciones de vida, aún a costa de dejar atrás (quizá sólo temporalmente) todo lo que hasta ese momento ha sido tu vida. Dejar atrás tus raíces, tu pedacito del mundo y aventurarte en lo desconocido, sin saber si te irá bien o mal, si fracasarás o triunfarás, y lo que perderás en el intento, requiere de una alta dosis de valor. Emigrar a otro país en busca del pan y la sal requiere coraje. Y el que no lo entienda es que nunca lo ha intentado.
Madrid huele. Supongo que en cierto modo, cada gran ciudad tiene su olor particular, que la define, la identifica frente a otras. No creí que esto sucediera hasta que fui a La Habana. Uno de los detalles más destacables de esta ciudad es que tiene su propio olor, que se puede notar perfectamente paseando por sus calles. Nunca antes lo había notado en ningún otro sitio, y tras observarlo allí, presté mucha más atención en otros lugares. Efectivamente, Madrid también tiene su propio olor. Hay zonas en las que no se nota, pero sí, lo tiene. Id al centro y pasead con los orificios nasales bien abiertos. Después me podréis decir a qué huele Madrid.
Recuerdo las otras urbanizaciones o pisos en los que he vivido. Estaban llenos de jóvenes. Me avergüenza decir esto por la parte que me toca, pero he visto una y otra vez cómo nadie conoce a nadie en estas comunidades, y cómo a nadie le importa esto lo más mínimo. ¿Quién les enseñó a todos estos incivilizados cómo comportarse en sociedad? ¿Papá y mamá? Pues vaya con esos papás...
Vaya horas para llegar a casa y encender el ordenador. ¿Por qué? No sé, seguramente porque tengo algo que escribir.
Curioso estado, éste de estar solo. ¿Cómo puede estar uno solo, rodeado de varios millones de personas, entre familia, amigos, vecinos y desconocidos? Al final, es cuestión de cómo te sientes, no de cómo estás.