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lunes, 11 de febrero de 2008

La sociedad V

Hoy ha sido otro día de esos en los que, como explico en otra entrada, he subido a casa cargado como un burro segoviano (otro día os explico esto). Una vez recuperada la sensibilidad en mis manos, puedo describir la situación vivida (revivida, debería decir).

Caja 3 del supermercado: espero mi turno en la fila. Mientras, echo un vistazo a mi alrededor. Me gusta observar a la gente, me divierte hacer deducciones sobre ellos. Caja 6: una mujer de unos 39 años, esperando como yo, parece tener su mirada fija en mí. Cuando le dirijo la mía, compruebo que no; mira a algo o a alguien por detrás de mí. En una fracción de segundo, hago mi pronóstico. En realidad, me ha resultado sencillo. Su cara era un libro abierto. Su mirada apuntaba a media altura. Miraba tan de reojo que si no le veías los ojos, parecía que no miraba allí. Un casi imperceptible gesto de desagrado envuelto en superioridad, a medio camino entre el asco y la envidia, la delataba. Estaba mirando a otra mujer.

Dos segundos después, una media sonrisa aparece en mi cara al comprobar que acertaba: el motivo de la mirada pasa detrás de mí en dirección a ella. Una joven alegra la vista al personal con unas ajustadísimas mallas blancas que, pese a no ser demasiado finas, no dejan gran cosa a la imaginación, y eso que yo la estaba viendo por detrás. Para mi sorpresa (no por que lo hiciera, que eso no me sorprende, sino por la falta de educación que demuestra) la mujer de la calle 6 le sigue mirando directamente la entrepierna mientras se le acerca, hasta que está prácticamente a un par de metros; en ese momento supongo que le da corte y pone las cortas. No acaba ahí mi sonrisa, que se convierte en risa al tener éxito una vez más en el típico ejercicio de control mental que me encanta practicar. Según la interfecta pasa de largo por detrás de la mirona, le espeto mentalmente: "en cuanto oigas sus tacones pasar de largo, échale una buena mirada al trasero, para tener la foto completa... vamos, hazlo". Dicho y hecho, como si me hubiera oído. Último repaso a las grupas, para volver después la mirada al frente con ese típico movimiento que, lentamente, va a dejar la barbilla un poco más alta de lo normal, a la vez que la cabeza queda ligeramente inclinada hacia el lado de la interfecta, las comisuras de los labios apuntando hacia abajo y la ceja contraria ligeramente elevada (confiesa que estás haciendo el gesto mientras lees esto).

Todo esto viene a que me apetecía dedicar una entrada a la manera en la que las mujeres se miran entre sí. Me ha llamado la atención desde que tengo uso de razón. ¿Qué impulsa a las mujeres a mirarse de ese modo, más descaradamente aún que cualquier mirada masculina? ¿Por qué de las 4 personas que se sientan frente a mí en el metro, cuando entra el bombón, el tío sólo le echa una miradilla rápida, y en cambio las otras 3 mujeres se la quedan mirando de arriba a abajo y en sitios puntuales hasta que se quedan a gusto? ¿Por qué sólo hay que verles la cara para leer en ella lo que están pensando? (¿y por qué me lo paso tan bien cuando veo esto?).

Una antigua amiga mía, tan guapa como sincera, me dio un día una respuesta clara y rotunda de lo que le sucedía (aunque sé que no es representativa de la clase femenina): "Yo miro así a las tías porque son la competencia. Las miro de arriba a abajo para ver si están buenas o les sobran unos kilos, a ver cómo visten y todo eso. Si están buenas y tal, pues pienso 'mira esa [censurado], qué buena está'. Si no, o si es una hortera o algo, la pongo verde y me siento mejor".

La verdad es que no me esperaba aquel bofetón de sinceridad, pero luego lo agradecí mucho. De hecho, pese a que he visto ese comportamiento cientos de veces en todos estos años, jamás he vuelto a oír a ninguna mujer confesar abiertamente que lo hagan, o si lo hacen, que les mueva la envidia o ese sentimiento de competencia. Lo normal es bromear sobre el asunto y cambiar de tema.

De cualquier manera, es algo muy divertido de observar. Si ya lo habéis hecho en alguna ocasión, voluntaria o involuntariamente, habréis comprobado lo estándar del proceso, pero si no, fijaos bien, porque es muy curioso. ¿La mejor manera? Bien simple: un lugar más o menos cerrado (metro, autobús, una tienda, no sé), con gente que no se conoce. Entra una maciza, o una mujer con alguna "característica" que sobresalga de lo normal. No observéis a la maciza, hay muchas por ahí. Observad al resto de la gente. Os divertiréis.

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domingo, 28 de octubre de 2007

El amor IV

Sexo en Nueva YorkNunca me ha gustado especialmente la televisión; de hecho, rara vez la veo. Me parece una bazofia infumable, sobre todo los canales generalistas. Pero últimamente me estoy americanizando, y he descubierto que la única TV que se salva es la de pago. Hay algunos canales que merece la pena ver; algunos de vez en cuando y algunos continuamente. Entre los primeros, el que emite la serie que veo siempre que pillo: Sex and the city, o Sexo en Nueva York, el título que han decidido darle aquí.

La serie está protagonizada por cuatro amigas de taitantos que viven en Manhattan. Relata sus peripecias, crisis existenciales, sus pequeños y grandes triunfos y sus miserias. Sobre todo éstas. Cada una de las cuatro mujeres es diferente, y aún así comparten su amistad, cada una a su manera.

Casi todo lo que se cuenta en la serie está relacionado de alguna manera con los hombres y el sexo. Al ser cuatro mujeres muy distintas, cubren un amplio espectro de personalidades, estando reflejadas las más comunes que nos encontramos en la vida real. Creo que por eso me gusta esta serie, porque en cierto modo me veo reflejado en algunas de las situaciones que se relatan, ya que aunque algunas sean bastante previsibles, en general son auténticas.

Lo que no me parece tan bien es que ponen a todos los tíos a caer de un burro como si eso fuera la norma. Es cierto que si las cosas fueran más light la serie no tendría tanta audiencia, pero vamos, tampoco creo yo que sea para tanto. Es como si no supieran encontrar nada más que psicópatas, trastornados y tíos raros en general. El único consuelo para esto es que ellas tampoco son ninguna perita en dulce. Las cuatro distan bastante de lo que llamaríamos una mujer normal. Exigentes, maniáticas y envidiosas, van de relación en relación, de hombre en hombre sin encontrar nunca su media naranja. Mientras, se lo van contando frente a cafés, cenas o cervezas y se lo pasan estupendamente, aunque al final acaben durmiendo solas después de un nuevo fracaso.

En realidad, es la vida misma. A los treinta y tantos, a poco que te hayas movido por ahí, estás en una situación parecida a la de estas chicas. Buscas ese alguien que te haga levantar el vuelo para no volver a pisar tierra, y mientras tanto te mueves dando saltitos, pero no despegas. Te vuelves cada vez más especial y más egoista, aguantas cada vez menos y tu persona ideal es cada vez más una utopía y menos una realidad. Si te descuidas un poco y decides salirle al paso a tu destino, puedes incluso hacer tu propia serie.

Me parece entretenida, la verdad. En toda la parrilla, aparte de House, no hay muchas más series que se dejen ver, y muchas menos aún alguna con la que te puedas sentir en cierto modo identificado. Así que, especialmente si andais entre la treintena y la cuarentena, os la recomiendo efusivamente. Hasta puede que aprendais algo, como yo.

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sábado, 20 de octubre de 2007

El sexo II

Tomaos algo si pasais por allíHoy va de oportunidades. Va de actitudes, de ondas, de miradas y de sonrisas. Del tiempo que pasa, de cómo se siente uno en diferentes paises. De lo diferente de las sociedades, del frío y del calor, de las edades del hombre. Del sí y del no, y del por qué no.

A veces tienes sed. La Ley de Murphy dice que en ese momento no tendrás agua cerca. Otras veces, sin entender muy bien por qué, también sientes sed, pero todo es diferente. En estas otras, simplemente sabes que vas a encontrar agua en breve, muy pronto. Te sientes zahorí, y sólo has de saber mirar a tu alrededor para hallarla. No sabes explicarlo, pero sucede. Es como mágico. De repente, sólo tienes que alargar la mano y coger lo que deseas.

Pero no la alargas. No, no lo haces. Y te pasas el resto de la noche haciéndote preguntas que ya no tienen contestación. Has abandonado el sencillo proceso "tengo sed, bebo" justo antes de tomar el vaso. Agua cristalina, limpia, fresca. Lo que tu necesitas. Pero simplemente, no la tomas. ¿Por qué?

La vida está llena de preguntas sin respuesta y de oportunidades perdidas.

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domingo, 14 de octubre de 2007

El sexo I

Aquí, negociandoCuando quedo con mis amigos siempre acabamos hablando de los mismos temas. En concreto, el tema de las mujeres es un clásico (las mujeres también hablais de hombres, todos lo sabemos). Hablando de mujeres, es raro que no acabemos hablando de sexo. Y hoy no ha sido una excepción. Al final, el tema ha derivado hacia la frecuencia. Que cuántas veces es normal hacerlo al día (algun@ se preguntará si de verdad hay alguien que lo hace varias veces al día), o quizá a la semana. En qué momentos se hace o no se hace, y todo eso.

Después del intercambio de ideas y de confesiones de rigor, acabamos acordando que lo jodido no es hacerlo más o menos; lo verdaderamente jodido es la diferencia de ganas, cuando a uno le apetece más a menudo que a otro: a uno le apetece un par de veces al mes como mucho, al otro le apetecería varias veces a la semana. Uno tiene bastante para tres o cuatro días con cada intercambio de fluidos y al otro le gustaría intercambiarlos a diario. El problema aparece si los dos miembros de la pareja están desfasados. No importa quién ni cuánto. A uno le apetece más que al otro.

Y es que en esto del sexo no hay reglas; es lo que a cada uno le apetece, y no es cosa que se debiera hacer simplemente por contentar al otro. Además, ninguna postura ni gusto es censurable. Si te apetece menos, bien; si te apetece mucho, pues también. Que no es malo, vamos. Lo único malo es que, al cabo del tiempo, conlleva incomodidad y agobio para la persona con menos necesidad, y frustración, desazón (evidentemente) e insatisfacción para la persona que necesita más. Esto deriva en otros problemas en las parejas, en los que no entraré ahora. Pero que suele ser fuente de problemas, está claro.

Hace algún tiempo, en un curso de trabajo en grupo, conocí a una profesora que consideraba el sexo como una necesidad básica del cuerpo humano, equiparable al comer o al dormir. Sin estar del todo de acuerdo, me interesó mucho su forma de pensar (mucho mucho); el resto de la gente no lo consideraba una necesidad básica por el simple hecho de que se puede estar años sin sexo (¿de verdad se puede?), pero no años sin comer o sin dormir. Sí, es correcto, pero nadie puede negar tampoco la vital importancia que tiene en casi todas las parejas, por no hablar de lo importante que ha sido a lo largo de la historia de todas las civilizaciones... Bueno, mejor no complicarlo.

Al final, es difícil coincidir en esto con tu pareja, lo mismo que es difícil coincidir en la frecuencia con la que hay que visitar a la suegra o el lugar al que hay que ir de vacaciones en verano; coincidir es difícil en general. Eso sí: recomiendo personalmente que busquéis esa coincidencia con vuestras parejas, porque cuando coincide... el séptimo cielo queda abajo, en comparación.

Dos velitas a la Virgen de la Coincidencia.


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sábado, 13 de octubre de 2007

El amor III

¿Y si fuera ella?A veces me pregunto qué es lo que hace que alguien nos interese, nos guste, nos enamore. Qué es lo que hace saltar la chispa, qué es lo que sucede en nuestro interior que nos vuelve del revés y nos hace sentir como críos inexpertos.

¿Qué es lo que hace que esa sí, pero aquella no? Personalmente, creo que es una mezcla de cosas. Pienso que debe haber una parte poco romántica escrita en nuestros genes, y que tiene que ver con el instinto reproductor, básicamente. Pero creo que el resto, lo que realmente se disfruta, se va grabando en nuestra mente con el paso de los años, y va fabricando una especie de plantilla, algo que hace que no podamos evitar ponernos como un flan delante de esa persona y por el contrario no nos de ni frío ni calor mirar a otra.

Supongo que Freud tendría algo que decir al respecto del origen de esa plantilla o sobre qué elementos la forman o qué hechos la modifican. Yo, decididamente, sigo preguntándome por qué me gustan las morenas en vez de las rubias o por qué busco ciertas particularidades físicas que aparentemente no responden a ningún criterio racional. ¿Dónde se nos graba eso? ¿Por qué? ¿Tiene una explicación de esas que chafan todo tu romanticismo, o es que en realidad el destino quiere que acabes con ese tipo de mujer porque sabe que estás hecho para ella? Años llevo haciéndome esta pregunta; años sin encontrar la respuesta.

Un día te entra la vena racional y decides que todo esto son chorradas, y que lo mismo puedes pasar el resto de tus días con una rubia o una morena sin que ello signifique absolutamente nada. Otro día conoces a alguien que lo pone todo patas arriba y hace que tu cuerpo entero tiemble como nunca lo hizo. Después, te das cuenta de la realidad: nada de lo anterior importa: en algún sitio, en tu interior, hay un interruptor automático que hace "clic" y enciende todo tu cuerpo. Nadie tiene control sobre él para evitar que se active, al igual que nadie tiene control sobre él... para activarlo.

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lunes, 8 de octubre de 2007

Las edades del hombre V

Este será el único príncipe azul que encuentresTodos evolucionamos con el tiempo. Es como subir por la ladera de una montaña, despacito. La mayoría del tiempo miras hacia el suelo, decidiendo dónde pones los pies para no caer. A veces levantas la vista buscando el punto al que te has propuesto llegar, tu referencia. Incluso imaginas cómo será estar allí, aunque entiendes que sólo lo sabrás cuando llegues. Alguien te contó cómo es aquello allá arriba, pero lo que te cuenten no es comparable a verte allí, a vivirlo, a sentirlo. Quieres andar el camino, avanzar, llegar.

A veces, en el camino, te detienes, y haces algo que a todos nos viene extraordinariamente bien de vez en cuando: volver la vista atrás y comprobar cuánto hemos avanzado. Lo alto que estamos ya. Desde ahí, se ve todo pequeñito, allá a lo lejos.

No obstante, sucede algo más: ves gente subiendo por donde tu subiste; ves gente andar el camino que tu dejaste atrás. Los ves allí, lejos. Sabes qué camino seguirán, más o menos, hasta llegar a donde tu estás. Pero sabes que les queda mucho todavía. Que esa parte del camino es dura. Que si les adviertes de lo que hay donde tu estás, no harán caso, querrán elegir su propia ruta, como tu eliges la tuya para continuar subiendo. Por eso lo entiendes, y los respetas. Pero no puedes evitar sentir la distancia.

Hubo una época en que creía en el amor ideal, la mujer perfecta. Idealista como es uno, buscaba la perfección en mi compañera como el que busca una rara perla negra, dejando a un lado bellas perlas blancas. Luego vinieron los desengaños, los golpes y la cruda realidad: ni tu perla negra existe, ni si existiera la ibas a encontrar, y si la encontraras... tu no serías su perla negra. Al final, te acabas dando cuenta: eso no es lo que hay que buscar; la perfección no es lo importante.

Esta visión que me da la perspectiva de la altura (relativa, como todo), me separa de quien, allá abajo, no sabe que si sigue por ese camino, encontrará unos enormes zarzales en los que despertar de ese sueño de amor idealista. Pero claro, es la típica mala noticia que uno no quiere escuchar.

Hay quienes todavía creen en príncipes azules. No saben que... destiñen.

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jueves, 12 de julio de 2007

Las edades del hombre IV

No todos los sueños se cumplenTodavía no he llegado a la mitad de mi vida, pero ya he pasado ese punto en el cual te paras a hacer repaso de dónde estás, y compruebas si coincide con dónde querías estar al llegar aquí. El momento, o la frecuencia con la que hacemos esto, no es un estándar; hay gente que navega por la vida improvisando, sin plantearse nada, mientras que en el otro extremo, otros se pasan los años hamleteando sobre todo. Por ahí en medio andan los que lo hacen el 31 de diciembre a las 23:45, aunque claro, sin demasiadas pretensiones. Personalmente opino que no viene mal hacerlo de cuando en cuando, sobre todo cuando tienen lugar cambios de importancia en tu vida; los finales de etapa, los comienzos de otra. Puede ayudar a situarte, y te puede dar información valiosa sobre lo que hiciste bien o mal, por si pudieras aplicarlo en el futuro.

Y puedes encontrar que efectivamente, no estás donde creíste que ibas a estar. No tienes lo que creíste que ibas a tener. No has hecho lo que creíste que ibas a tener hecho. E incluso puede ser peor: puedes encontrar que ya no podrás tener algunas de estas cosas, que tu momento ha pasado. La sensación que te queda no es nada agradable.

Es por esto que conviene tener cuidado con lo que se desea para uno, porque no sólo puede suceder como en el dicho, que se cumpla, sino que puede pasar todo lo contrario, que no se cumpla. Y aunque sea muy, muy difícil, deberíamos hacer un ejercicio de madurez y previsión cuando lanzamos nuestros deseos al aire, y pensar cómo nos puede sentar al cuerpo si años después éstos no se ven completos.

Parece un poco pesimista el post, pero no es la intención; es sólo una reflexión con moraleja: la vida da muchas vueltas, y no está de más llevar un poco de realismo en el fondo de la maleta, porque aunque tengamos muchas ilusiones y luchemos por ellas, a veces la vida nos colocará donde no pensábamos ir, y nos será maravillosamente útil saber encajarlo sin frustraciones.

Aunque quizá sea mejor disfrutar de Diana Krall sin darle vueltas a esto...



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martes, 12 de junio de 2007

La ciudad II

Un escote admirable como hay muchosEn muchos aspectos, me encanta Madrid. Un clima demasiado continental para mi gusto, pero delicioso en el entretiempo. Sí, las suaves temperaturas de la primavera y el otoño son demasiado cortas por estos lares. No obstante su fugacidad, la primavera en esta ciudad nos regala una explosión de cuerpos en flor, ávidos de mostrarse tras varios meses de obligada reclusión. Mujeres de todas edades, colores y condiciones muestran con una orgullosa naturalidad lo que los genes (y a veces la ciencia) les han dado, utilizándolo a modo de multiplicador de su atractivo, y a veces incluso de su belleza. La operación bikini está en su apogeo, los gimnasios están a reventar y los centros de bronceado a base de UVAs tienen unas colas (perdón, filas) por las tardes dignas de las mejores ofertas de rebajas. Todos sacamos la ropa de verano del armario y ellas sonríen al volver a ver esa camiseta que tantos beneficios les reportó el año pasado en la campaña publicitaria.

Y hete aquí que te encuentras paseando, sintiendo la brisa templada en el rostro, a veces incluso cerrando los ojos e inspirando, renaciendo de nuevo al calorcito del incipiente verano, pensando en los cálidos y agradables meses que tienes por delante, cuando te cruzas con esta marea de cuerpos que han decidido tomar el aire en bastante más superficie que la de la cara, cuello y manos. A eso le añades que tienes dos ojos en la cara, que no tienes problemas de conciencia y que adoras la belleza femenina por encima de casi todas las cosas, y... ya tienes el típico cóctel primaveral, que algunos autores expertos en la materia suelen denominar "ufff... qué calorr".

Así que ahí estás, paseando la ciudad, y disfrutando de la belleza que te sale al paso con la más limpia de las intenciones, cuando te percatas una vez más de lo de siempre (y no pretendo crear polémica con el sexo contrario): muchas mujeres disfrutan mostrando su escote bajo el lema "Got milk?" como si de un escaparate se tratara, pero se ofenden más allá de cualquier límite lógico si te cazan disfrutando del panorama. Y yo me pregunto: ¿para qué irán por la calle dejando tan, tan poco a la imaginación, si luego se ofenden cuando encuentran que algún simple va y hace lo que todos desearían hacer, es decir, echarles un buen vistazo? Es algo que escapa a mi comprensión, debo ser muy cortito. Después, si preguntas, hay algunas que, muy convencidas de su argumento, te espetan: "es que yo me pongo guapa para mí misma". Y tú piensas: "claaaro, claaro... como que si estuvieras en una isla desierta te ibas a poner todas las mañanas como un cuadro de Goya".

La verdad, hace años que ya no discuto sobre estas memeces. Pero me sigue llamando la atención el que se ofendan porque te fijas en lo que precisamente te están enseñando con el único objetivo de que sea admirado. Igual va a ser que son las dueñas del espectáculo las que van mucho más allá de lo debido con su imaginación, e imaginan que tus glándulas salivales trabajan mientras las miras, cuando lo único que haces es admirar su belleza como el que admira un Velázquez. Pero claro, ponte a explicárselo, porque ya sabes lo que pensarán de ti.

Qué le vamos a hacer. Viva la primavera.

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viernes, 30 de marzo de 2007

La confianza I

La confianza nos lleva a cometer errores de concepto con nuestras parejas¿Por qué la confianza da asco? Hay pocos refranes tan ciertos como este, y mira que normalmente los refranes suelen dar en el clavo (la sabiduría popular, ya se sabe). ¿Qué impulsa a los seres humanos a sentir que llegado cierto punto de confianza, ya tienen derecho a comportarse como no lo hacían anteriormente? ¿Aparece algún derecho adquirido tras sobrepasar cierta barrera temporal en una relación? ¿Está escrito en algún sitio que debemos respetarnos hasta que pasen x meses o años? ¿Qué sitio es ese? ¿Es algún documento, libro, contrato o similar de cuya existencia desconocemos algunos?

Así son las relaciones entre los dos sexos; iba a decir "algunas veces" pero... me temo que es así siempre. Y que es inevitable, que va con la naturaleza humana. El creer que el tiempo nos da derechos. El perder las buenas costumbres con su paso. Deberíamos estar acostumbrados a verlo, a sufrirlo. Pero oye... que no me acostumbro! Qué rarito soy... Y ya meditando sobre ello...¿tiene alguna ventaja lo de la confianza? Le sacamos algún provecho los que notamos que a partir de cierto momento empieza a "dar asco"? Porque personalmente siempre he visto huecos cuando todavía no había confianza, pero raramente se han llenado cuando la ha empezado a haber. Y no es por quejarme...

Hablando de los tópicos que tanto odia una antigua amiga, ¿hay ascos de éstos típicos de hombres o de mujeres? ¿Es más típico de hombres ventosear pasado cierto punto, o de mujeres obligarte a ir a comer en casa de la suegra el domingo? ¿Es más típico de alguno de los dos sexos el dejar de arreglarse y querer verse bien una vez que piensas que has pillao? ¿o empezar a criticar despiadadamente la música que le gusta al otro? ¿Somos diferentes también en esto?

Lo ideal en una relación parece que sería el tener confianza desde el principio, para saber a qué atenernos todos, ¿no? Pero qué difícil es ser así de abierto... y no me refiero a ser abierto para mostrarte como eres... sino a ser abierto para aceptar que sean abiertos contigo. Las normas de educación que nos han enseñado desde pequeñitos nos hacen mantener las distancias siendo adultos, no sé por qué infausto motivo, mientras que cuando somos niños (todavía sin educar), aparte de decir la verdad con la más apabullante naturalidad, nos relacionamos con los otros críos sin prejuicios tontos, nos tocamos, nos besamos y mira... como que no pasa nada. En otras civilizaciones que no son la occidental, quizá "menos avanzadas" desde nuestro punto de vista, tienen un comportamiento mucho más natural que el nuestro, mucho menos encorsetado, y mira, sobreviven... no como aquí, que estamos acostumbrados a pegar un respingo cuando alguien nos roza la mano.

Pero hablábamos de la confianza. La que existe en las parejas. Bueno, la que debería existir, mejor dicho. Me río yo al suponer que en todas las parejas existe una confianza total. Esto no es como el valor en la mili, hay que currárselo, y depende de cada persona. Hay algunas personas tan retraídas y tan cerradas que aún con años de relación no logran tener un grado de confianza aceptable con sus parejas. Y eso, durmiendo todas las noches en la misma cama.

Haciendo un inciso, me viene a la mente una graciosa situación, acaecida tras una buena dosis de sexo, en la que la parte femenina se levanta a vestirse y uno se regodea visualmente con el espectáculo (los mejores pechos que vieron estos ojos... por lo menos hasta ese momento). Dándose cuenta de mi felicidad visual, ella se los tapa toda púdica y me espeta: "¿¡¿qué miras!?!". Años y años después todavía me pregunto el porqué y el sentido de aquella frase, sinceramente. ¿Cómo puede levantarse alguien de una cama en la que llevas horas haciendo todo lo impronunciable y sentirse extraña cuando te miran con todo el deseo del mundo tus turgentes, firmes, desafiantes y estupendísimos pechos? Perplejo sigo, todavía. De lo que surge otra cuestión: ¿da algún tipo de confianza intercambiar fluidos? ¿puede un@ practicar de 15 a 20 posturas del Kama-Sutra con alguien, y decir después que te vas al baño a vestirte, que te da corte que te miren? Me gustaría saber qué respondería la gente en general, y cada sexo en particular...

Resumiendo: qué bien está tener confianza para algunas cosas... pero qué triste es ver que ha llegado el momento de tenerla para otras.

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El amor II

Ven aquí, que te explique un par de cosas...Amor y sexo son dos cosas diferentes, aunque en muchos casos vayan de la mano. Muchos nombres diferentes les ponemos, y muchos apellidos. Como todas las cosas del ser humano, cada uno tiene su ideica sobre cómo deben ser las cosas. Un@s piensan que son inseparables, otr@s, que si uno es bueno, el otro no puede serlo. Personalmente, y por la experiencia más que otra cosa, estoy más con lo segundo que con lo primero, aunque hay honrosas excepciones.

Suponiendo (que suponemos de más, pero bueno) que todo el mundo es bueno en la cama, el ideal es que la confianza con tu pareja te lleve a cotas cada vez más placenteras de disfrute del sexo. El acoplamiento paulatino, y sobre todo, el profundizar en las necesidades y en las fantasías de la pareja nos puede hacer tocar el cielo. Pero esto es la teoría. Si esa confianza total no existe, su falta irá creando lentamente el efecto contrario.

No todo el mundo sabe - o puede - separar el sexo del amor. Para unos es cosa natural; a otros nos cuesta más. Otra vez la educación... con lo tábula rasa que estamos cuando nacemos. Cuántos prejuicios imponen las normas educativas y la sociedad en general. ¿Tan malo es querer disfrutar de un buen rato con alguien? ¿Podemos quedar con una amiga y disfrutar de una peli en el cine pero no quedar para hacer un lujurioso intercambio de fluidos?

Luego viene la segunda parte: las connotaciones que tenga para cada uno el mencionado intercambio. Tirarse a esta piscina no suele ser bueno si para uno de los dos es sólo sexo y para el otro no. Pequeño problema. Y mira que es difícil coincidir totalmente con alguien en esto. Recuerdo cuando estaba en la universidad; un amigo tenía otro amigo que había encontrado una tía con la que, después de un brillante primer encuentro, ambos quedaban los viernes única y exclusivamente para darle rienda suelta a sus instintos. Después, cada uno a su casa, y si te he visto no me acuerdo hasta el viernes siguiente. Perplejo me quedé, y reconozco que me invadió un ligero sentimiento de envidia. Sana, eso si. Pero vamos, este no suele ser el caso, a no ser que alguien me diga lo contrario. O digamos que si lo es, tampoco lo suele ser por mucho tiempo.

Porque al fin y al cabo...¿no es el sexo una necesidad fisiológica como puede serlo el comer o el dormir? ¿No nos entran ganas a todos con mayor o menor frecuencia? ¿No lo echamos todos de menos en mayor o menor medida cuando carecemos de él por una temporada? Si es así, ¿por qué no considerarlo una necesidad como cualquier otra? ¿y por qué no debería estar bien saciarla cuando lo creas oportuno? ¿Debería alguien sentirse mal por hacerlo? ¿Debería alguien sentirse mal por buscarlo? ¿Debería alguien sentirse mal si le apetece... mucho? Yo creo que no. En el fondo, a quién debería importarle que cada uno haga con su cuerpo lo que mejor le parezca... Gracia me hacen aquell@s que critican a la gente que lo tiene claro y lo disfruta todo lo que puede... Qué ganas de meterse en la vida de los demás... como si los demás se metieran en la suya.

Pero qué absolutamente increíble es cuando los dos van juntos, ¿verdad?

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domingo, 25 de marzo de 2007

Los principios I

Los principiosTodos los seres humanos deberíamos tener principios. Todos deberíamos tener una serie de pilares básicos en los que se apoyara nuestro comportamiento; generalmente adquiridos de nuestros padres, si éstos se ocuparon de inculcárnoslos. Otros formados en nosotros por la propia experiencia en la vida. Normalmente, por la propia naturaleza de los principios, éstos deberían ser relativamente inmutables, aunque la vida se encarga de enseñarnos que inmutable del todo... no hay nada.

Mi experiencia hasta ahora me ha demostrado que es bueno no sólo tener principios, sino ser fiel a ellos. En nuestras relaciones con otros seres humanos, en el trabajo, en la vida en general. No vivimos en una cueva, interaccionamos con muchas personas al cabo del día, y es bueno mantener una dirección constante al recorrer el camino. No obstante, no todo el mundo tiene principios, o no todo el mundo los utiliza para guiar su comportamiento. En mi opinión, el peor es el que los tiene pero no los utiliza, porque a sabiendas se engaña a sí mismo, que no a los demás.

A veces le ha chocado a algunas personas encontrarse con alguno de los mios. Según parece, no estamos en una sociedad ni vivimos tiempos en los que ciertos principios se mantengan incólumes, por lo que algun@s se extrañan. Uno de ellos es no hacer el mal cuando sé diferenciarlo del bien. Un poco más específico sería el "no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti". No, no sé hacer cosas que sé que están mal. No puedo hacerlas. No sé ser infiel. No puedo serlo casi ni de pensamiento. Más que nada porque no entiendo el tener una relación si vas pensando en tener, o peor, teniendo otras relaciones fuera de la tuya. Para eso... no la tengas, ¿no? No sé mentir. Mentir a sabiendas, mentir para ocultar. Mentir en lo que dolería saber como verdad. No sé cómo podría mirar a alguien a la cara sabiendo que le he sido infiel. Mis principios me impulsan a actuar así, no hay más. No puedo luchar contra ello. Es así, y ya.

No todo el mundo es así. Conozco a gente que me diría "pues yo quedaría con todas las mujeres que pudiera... y aprovecharía todo lo que me dejaran". Yo... no puedo. Conozco a alguno que practica con asiduidad la infidelidad, que se recrea en ella y la disfruta. Que se engaña intentando convencerte de que tiene algún exceso hormonal, cuando lo único que tiene es un exceso de ego. Que voluntariamente no quiere diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal, porque nadie le abronca si elige la que sabe perfectamente que es la opción incorrecta.

El mundo está lleno de gente así. Son los que ignoran voluntariamente los principios que andan por ahí, en el fondo, y que conocen de sobra. Yo elijo no ignorarlos. Elijo regirme por ellos mientras pueda, elijo ser coherente con ellos, sean los que sean, y no darles de patadas haciendo que no van conmigo. Lo hago incluso cuando no me ve nadie, y en las situaciones en las que no afectaría a otras personas.

Sé que a nadie importa si lo hago o no. Pero no os imagináis lo tranquilo que duermo... y no necesito agenda para cuadrar las citas.

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domingo, 18 de marzo de 2007

La felicidad II

A veces me preguntan qué busco en cuestión de amores/mujeres. Es difícil responder a esta pregunta, ya que si das una respuesta rápida definirás a la mujer media, y si te extiendes un poco empezarán a entender por qué estás solo. Así que he meditado mucho sobre ello. Como resultado, he llegado a la conclusión de que lo que busco es la meta-felicidad.

¿Y eso qué es?
Es muy sencillo: la mayoría de la gente busca la felicidad a través de situaciones puntuales. A mucha gente le hace feliz casarse, o tener un hijo con su pareja, o hacer tal o cual viaje juntos, o ir un día a bailar. Felicidad orientada al momento. Para mí, eso es en cierto modo pan para hoy y hambre para mañana. Orientar tu felicidad hacia momentos puntuales, acciones o situaciones concretas, hace que si éstas no se dan, tu indicador de felicidad baje rápidamente, y te sientas frustrad@, triste, deprimid@. Esta ausencia te hará buscar más momentos, más situaciones para hacer subir el indicador de nuevo. Pero esto es intentar sostener agua con las manos.

Yo busco algo diferente. Para mí, las acciones concretas, las situaciones puntuales, no son sino la materialización de lo que realmente me importa: la posibilidad de que eso ocurra. No me hace feliz tener un hijo (que también), sino saber (continuamente) que la persona con la que estoy va a ser/es/será la madre de mis hijos. No me hace feliz irme de viaje con ella a Japón, sino saber que ella es la persona que quiere hacer todos sus viajes conmigo, y con quien yo los haré, da igual donde vayamos. No me hace feliz que me cuide cuando enfermo y estoy en cama, sino que soy feliz cada día al saber que ella me cuidará cuando llegue el momento, lo mismo que yo cuidaré de ella. Es, por lo tanto, esta meta-felicidad la que busco, la que me proporciona esa maravillosa sensación de compleción, que me motiva, me hace sentir vivo y realimenta mi relación. No busco la felicidad en momentos puntuales, sino en la certeza contínua.

El peliculón musicalMoulin Rouge (Nicole Kidman, Ewan McGregor, 2001), maravillosa película musical a la que sólo encuentro el fallo de contar al principio lo que pasará al final, traduce esto en una sola frase, hecha canción: "Come what may". La segunda vez que la cantan, en el "reprise" al final de la película, es de esas escenas que siempre me ven echar una lagrimilla sin poder evitarlo, aún sabiendo el final. Es esa felicidad que se siente cuando dices "Come what may" sin que suceda nada relevante, la que anhelo. Es esa la que es tan difícil de encontrar. Las razones... seguro que son motivo de otra entrada.

Pero esto no deja de ser una historia, y como narra la introducción de "La Comunidad del Anillo", "(...) La historia se convirtió en leyenda, la leyenda se convirtió en mito (...)", y ahí se encuentra uno... persiguiendo mitos.

Eso sí, con paciencia.

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viernes, 9 de marzo de 2007

El alcohol I

No conducía yo, que consteVaya horas para llegar a casa y encender el ordenador. ¿Por qué? No sé, seguramente porque tengo algo que escribir.

Estoy medio pedo. Y del otro medio, sólo me falta medio para estarlo del todo. Las caipirinhas tienen la culpa. Y fijaros que sólo han sido dos... Pero claro, las mezclas con el vino espirituoso que dice mi amigo tocayo... ahí está la clave. Bueno, tampoco es tanto. He llegado a casa, lo cual quiere decir que muy mal no estaré.

Hoy he sido un dechado de felicidad, reestrenando mi vitalicia condición de madrileño, pero ahora en la capital. He quedado a cenar, he ido al centro centroso... en metro! La leche. En 20 minutos, en Callao. Lo nunca visto. Supongo que la gente no se imaginaría por qué sonreía. Ceno con mi amigo el liberal... vino espirituoso, comida japonesa, charla, la vida, el trabajo... lo de siempre. La penúltima en algún local de por aquí... el centro es pródigo. Un local agradable, lleno de gente que lo pasa bien. Muchas mujeres, la verdad. Media de edad sobre los 33-35. Agradable :-P El grupo de las 6 de 42. Miran como posesas. "¿Y porqué no?", le comento. ¿No tienen derecho a mirar lo mismo que yo? Faltaba más... Sólo les falta decir "porque no es plan, pero te comería ahora mismo, chavalito". Pues muy bien, hombre. Yo las provoco, y mi amigo se asusta, no sea que vengan. "¿Y qué?" le explico. Son tías igual que tú y que yo, que tienen 42 en vez de 36 ó 31, pero que no se diferencian básicamente de ti o de mí por tener unos pocos años más. Además, tienen las cosas bastante más claritas que las de 20, y no les importa lo más mínimo que se las note. "A buenas horas", pienso, "podían ser así también a los 20, los 24, los 26..." pero no. España no es el país de las tías abiertas, que miren y que ataquen. Que sepan lo que quieren y que vayan a por ello. Es el país del ven tú aquí, que la hija de mi madre es terciopelo. Una lástima. Tanto arrastrarnos para subirles el ego durante los titantos, y ahora los papeles están invertidos... Sí que son tristes las cosas en España. Qué envidia me han dado los oriundos cuando he estado en algún otro país de Europa, o me han hablado de EE.UU. Ellas saben lo que quieren, y cómo conseguirlo, desde jovencitas. No tienen esta mentalidad divina que tienen aquí. Si quieren algo, simplemente lo piden o lo buscan, y punto. ¿Por qué no?

Pero bueno, que yo sólo quería comentar lo bonito de la amistad (primer grado de alcoholización, exaltación amistosa), lo cómodo que me siento con mi edad, y lo mal que me voy a sentir mañana en el trabajo. Menos mal que es San Viernes, adios a la oficina hasta el lunes, y podré echarme una siestecita para recuperar un poco mi body.

Larga vida a las mujeres abiertas de mente, a las que saben lo que quieren, a las que no se asustan de lo que pensarán de ellas si lo manifiestan, y a las que toman la iniciativa. De ellas es el reino de los cielos.

He dicho.

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sábado, 24 de febrero de 2007

El amor I

¿Amor o necesidad?Fina es la línea que separa el amor de la necesidad. "When I was young, I never needed anyone", nos canta Eric Carmen. Efectivamente, cuando somos jóvenes, la balanza entre el amor y la necesidad está totalmente desequilibrada a favor del amor. La necesidad no está entre los parámetros de los jóvenes, salvo raras excepciones (sólo conozco un caso). Pero las cosas cambian con la edad. Cada vez nos movemos menos, salimos menos, y nos es más difícil conocer gente y entablar relaciones, por lo que los períodos de soledad (si existen) se van haciendo cada vez más largos. Esto, junto a ciertos temas relativos al arroz, se ponen en el otro lado de la balanza. También, con la edad, se va apagando esa necesidad de sentir amor en su vertiente más fogosa, pasional y visceral, y otras necesidades ligeramente diferentes van tomando protagonismo: la de sentirnos queridos, la de tener cariño a nuestro alrededor, la de contar con alguien a tu lado.

Querer a alguien no es lo mismo que necesitar a alguien. Hay gente que no sabe estar sola, que no puede vivir sola. Estar solo es fácil de decir, pero muy difícil de soportar. Las personas que necesitan a alguien a su lado no conciben la vida sin su pareja, no son capaces de imaginar cómo vivirían sin alguien junto a ellas. Este fenómeno es curioso de ver, pero existe, incluso en jóvenes. Hay personas que necesitan tener a alguien que esté pendiente de ellas, sólo para sentirse bien. La componente egoísta de estos perfiles es enorme, y ni siquiera conciben que tengan ningún tipo de problema.

Leaving Las Vegas (Nicolas Cage, Elizabeth Shue, 1995) dibuja a la perfección esta línea de la que hablo. Sera (la buscona) se enamora (¿necesita?) de Ben, el alcohólico. Él la trata bien, la respeta, seguramente más de lo que nadie lo hizo nunca. Ella le quiere, le necesita. No quiere estar sola. Él es la única persona que ha demostrado sentimientos por ella, quitando su chulo, que no parecía apreciarla mucho. Ella tiene necesidad de tener alguien a su lado. Es también esta necesidad la que mantiene "unidas" a muchas parejas, que ven cómo su relación se ha ido al traste hace tiempo, pero que no quieren dejarla atrás por esta razón. Tantos años teniendo, para dejar de tener casi de golpe... Verdaderamente duro.

Es algo para plantearse, cuando conoces a alguien nuevo. Se mete en tu vida y de repente, ahí está. ¿La quieres? ¿O...la necesitas? No estaría mal que nos hiciéramos esta pregunta al poco de comenzar con alguien. Nos ahorraríamos muchos disgustos futuros...

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viernes, 23 de febrero de 2007

Las edades del hombre I

Todos somos más o menos igualesEs curioso ver cómo cambiamos con el tiempo. Cómo evolucionamos. Cómo eso que creíamos un principio fundamental de nuestra personalidad, se ajusta, se moldea, cambia... y a veces incluso desaparece. Sí, las cosas cambian; las personas también. No lo sabemos hasta que nos pasa la primera vez. "Yo soy así, y no cambiaré" es una frase de quien no ha vivido lo suficiente. Al que ha vivido, la propia vida se ha encargado de hacerle ver cuán equivocado estaba.

Cuando tenía titantos veía a las chicas de taitantos como mujeres mayores. Lo del bolso me asustaba. Cuando me acercaba a los 30 fui entendiendo que lo del bolso no quería decir que sólo pensaran en casarse o en sus hijos. Y ahora, año tras año, me doy cuenta de que da lo mismo la edad. Somos más o menos las mismas personas, con matices, pero los mismos. Solo que más mayores. Todo aquel a quien preguntes, te dirá lo mismo: "yo me veo básicamente igual que cuando tenía 10 ó 15 años menos". Todos nos vemos más o menos igual. Son sólo los ojos de los demás los que nos ven mayores. Todos tenemos esa extraña sensación a veces, cuando alguien 7 u 8 años menor que tú dice de hacer algo, y te mira como pensando "a ver éste, que como está mayor, no le apetecerá". Tú lo notas y piensas "joer, chaval, que yo soy exactamente igual que tú, sólo que nací 6 años antes..."

¿Quién no ha tenido nunca esa sensación?

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domingo, 18 de febrero de 2007

La soledad IV

No pidas...Me hacen gracia los comentarios de mis amigos, de vez en cuando, envidiando mi situación actual, desde su encadenamiento voluntario. Está claro que siempre deseamos lo que no tenemos. Ninguno de ellos ve la parte mala, sólo la buena. Querrían nadar y guardar la ropa, tener una maravillosa relación estable y aún así mantener su independencia, su libertad; querrían no tener que rendir cuentas a nadie ni dar nunca explicaciones. Pero todas estos deseos que formulan con la boquita pequeña se les olvidan cuando viene ella y les da un beso sin porqué, cuando preparan juntos la cena y charlan después delante de un café. Ya no se acuerdan cuando se acuestan juntos por la noche, se abrazan y cuando sienten su calor por la mañana. No se acuerdan cuando se ponen malos, y el otro les cuida. No se acuerdan cuando tienen a alguien con quien contar, alguien en quien apoyarse. No se acuerdan cuando vuelven a casa.

No se puede tener todo.

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