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viernes, 8 de agosto de 2008

Curiosidades XV

Dime cómo cruzas...Llevo 20 años conduciendo diferentes vehículos, y unos 35 cruzando calles por donde debía y por dónde no debía. Como persona observadora que soy, y dado que mientras esperas que un peatón cruce ante ti no puedes hacer otra cosa, he ido catalogando a los personajes que he visto cruzar, y los he agrupado en lo que pienso que son las clases de peatones a la hora de atravesar un paso de cebra:

El tímido
Es el que se queda 3 horas esperando a que pasen todos los coches, estén estos a 15 m. o a 300. Sólo pasarán cuando, después de haberte parado, les indiques con la mano o la mirada que pueden hacerlo.

El suicida
Este peatón se lanza a la calzada por cualquier sitio y sin mirar. Son los que salen en el telediario.

La retrasada
Es aquella madre que, sin mirar, saca el cochecito con su bebé al centro del paso de cebra, y cuando ella (como hace cuando va sola, claro) llega al borde del coche aparcado, entonces mira a ver si viene alguno. Ni que decir tiene que para cuando empieza a mirar, el bebé está en medio de la calzada, por supuesto. Qué lástima que no lo hagan al revés, cáchis...

Patapalo
Estos son esos peatones que, vagamente pendientes de si vienen coches o no, lanzados o no, o de si van a parar o no, clavan su mirada en el muñequito rojo de la acera de enfrente que les impide cruzar legalmente. Y son los que, con reflejos felinos, se lanzan a cruzar 12 milisegundos después de que aparezca el muñequito verde, sin importarles lo que pueda suceder a su izquierda. No recuerdan que las normativas de circulación y las leyes no les protegen del acero de los coches. No saben que "estaba en verde" no son las palabras mágicas para volver a andar.

El paradiña
Este peatón tiene típicamente entre 15 y 25 años. Obra de la siguiente manera: todavía desde la acera, cuando calcula que vas a llegar antes que él al centro del paso de cebra y que por lo tanto no pararás (tendría que pararse él), acelera disimuladamente su paso lo justo para llegar antes, y una vez que comprueba que te obligará a detenerte, realiza una paradiña con un espectacular juego de cadera, bajando la cadencia de su paso hasta igualar el de un bebé, para subrayar su brillante y merecida victoria sobre el conductor de la máquina asesina. Es fácil encontrar este tipo de peatón en grupos de 3-5 adolescentes que buscan ese fugaz momento de gloria vacilando al conductor.

El esquinero
Este tipo de peatón encuentra estadísticamente su mayoría en el colectivo femenino, no me preguntéis por qué. Son las que se ponen a cruzar en esa calle por la que tu vas a girar a la izquierda o a la derecha, en la que no hay ningún paso de cebra, y pese a que ven perfectamente tu intermitente, que calculan que te harán parar en medio de la calle para no llevártelas por delante y que probablemente obstaculizarás el tráfico si te quedas ahí parado esperando a que pase. A diferencia de el paradiña, no modifican su paso ni un ápice, y en su rostro no se refleja el triunfo, sino la indiferencia y la superioridad a partes iguales. Ni te miran.

El torero
Este es el peatón más divertido de observar. Se comporta exactamente igual que un torero en los últimos pases antes de entrar a matar. Cuando se lanza al paso de cebra lo hace mirándote desafiante y con el paso firme ("tú quieto ahí"). Cuando, haciendo uso del ABS y el ancla, consigues detener tu coche a dos palmos de sus piernas, reproducen el gesto del torero que, tras detenerse a 30 cm. del toro exhausto y ponerle la mano en la testuz, la retira con gesto de desaire y se da la vuelta, dándole la espalda a la bestia y esperando la ovación del respetable ante tamaña muestra de valor. Una vez que el peatón ha hecho parar al coche a 50 cm. de sus piernas sin vacilar, se limita a volver con desprecio la cabeza, normalmente en dirección contraria al coche, para seguir su orgulloso paseillo mientras imagina la plaza a su alrededor y a la muchedumbre que le grita "¡¡olé!! ¡¡torero!!"

Afortunadamente para todos, la mayoría de la gente se comporta como una persona normal cuando cruza una calle. Pero apuesto a que todos habéis visto a algún individuo de estos alguna vez. ¿Me equivoco?

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sábado, 7 de julio de 2007

La sociedad III

En casa me lo hacen mejorHace poco invertí en un equipo home cinema. Mucha gente no entiende el por qué de esta inversión, yo creo que porque no van al cine. Antiguamente, uno iba al cine a pasar un buen rato y a disfrutar de la película. Después, te habría gustado más o menos, pero eso ya era cuestión de tu buen ojo eligiendo. Desde hace años, la situación es bien diferente. La inmensa mayoría de las veces que he ido al cine estos últimos 5 años (¿4, 5 veces en total?) sólo me ha valido para NO disfrutar de la película y salir mosqueado. Las razones, supongo que serán conocidas por todos:


  • El grupito mixto de adolescentes sobrehormonados que sólo saben disfrutar del cine jodiéndole la película a los demás
  • La cría de 12 años que estrena su móvil personal, lo lleva bajo el brazo como hasta hace nada llevaba su muñeca de trapo, lo coge en mitad de la película y se pasa 3 minutos explicándole en tono normal a su amiga Vane que "sí...en el cine...no, no importa... sí, luego vamos a quedar todos... no, tía, paso, que he discutido con Javi... bah, lo de siempre, luego te cuento... " mientras yo pensaba qué decirle
  • Los comedores compulsivos de nachos y otras delicatessen más aromáticas
  • La pareja de grullas cincuentonas que no paran de cotorrear y reirse bien sea la peli de humor, de terror, un drama o un musical, con comentarios chistosos del tipo "¡¡mira, ese se parece al cabrón de tu ex-marido!!"
  • La butaca rota que me tocó en suerte
  • El/la imbécil que no sabe que cuando cruza las piernas una y otra vez (¿coño, tienes almorranas o qué?) y le da una patada a la butaca de alante (la tuya) es como si te diera una patada en tu propia espalda
  • El precio de las entradas, que ya se puede ver a 6,5 euros (1081 ptas. de las de antes) en muchas salas, sea la película buena o sea una bazofia infumable
  • La gente que, media hora antes de la peli, piensa en su casa "¿qué hacemos esta noche? ¿vamos al cine?" y naturalmente, llegan 10 minutos tarde (anuncios incluidos) y levantan a toda la fila
  • Los que, en vacaciones escolares, ya no saben qué hacer con los niños, y como no les tocaron dos dedos de frente cuando repartían, les llevan a ver pelis que no son adecuadas para su edad, y se tienen que salir en plan safari con porteadores a mitad de la peli
  • Los cerdos que creen que por pagar 6,5 euros tienen derecho a dejarle al siguiente que venga las butacas, suelo, etc. hechos una porquería de palomitas, refrescos, envoltorios, etc.

Podría seguir, pero creo que está claro. En la otra orilla, tenemos la inversión:

  • Invierto 12 euros en una película, que veo varias veces, en varios idiomas, con subtítulos y con extras. Hasta se las presto a los amigos/familia si se portan bien, lo que permite un rápido retorno de la inversión (ROI)
  • Me abro una cervecita, pillo unas aceitunas y un poquito de jamón, y hago de una sesión de cine en casa una experiencia mística
  • El sonido me envuelve y me permite disfrutar al 100% de la película, y además al volumen que yo considero adecuado, sin tener que agudizar el oido ni atronarme como en muchos cines
  • Puedo darle a la pausa para el momento baño
  • Puedo repetir una escena si lo considero oportuno
  • No molesto a nadie, nadie me molesta y no tiene lugar ninguna de las situaciones enumeradas anteriormente
  • Cuando acabo de ver la peli, me queda una agradable sensación de cine, sé que la he aprovechado al máximo y que recordaré los detalles (si merecía la pena), ya que no he tenido que estar más pendiente de la gente que me rodeaba que de la propia película

La única contrapartida es que no todos tus vecinos comparten tus gustos cinematográficos; pero bueno, esto es un mal menor. De cualquier modo, creo que entendereis por qué ya no voy al cine.

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jueves, 31 de mayo de 2007

Curiosidades IX

Pretty WomanMe hizo gracia la escena de Pretty Woman (Richard Gere, Julia Roberts, 1990) en la que Edward (Gere) y Vivian (Roberts) vuelven a la misma boutique en la que Vivian no fue atendida correctamente, para divertirse un rato. "Venimos a gastarnos una indecente cantidad de dinero, así que quiero que nos hagan mucho la pelota", le indica al encargado. Me encantó la filosofía. Bien es cierto que a nadie le gusta que el típico dependiente esté todo el rato dándote la murga mientras miras algo, pero no negaréis que es agradable que los vendedores se lo curren. Porque al fin y al cabo, eres el cliente, y vas a dejarte allí los cuartos.

No es esta la actitud en muchos, muchos sitios en España. En multitud de tiendas y establecimientos de todo tipo parece que los dependientes o encargados te están haciendo un favor a tí, y que les tienes que dar las gracias por dejarte entrar en su tienda a echar un vistazo. Por supuesto, te atenderán si tienen un rato, no sin antes mirarte de reojo por encima del hombro, y acabar la interesantísima conversación sobre cualquier tema intrascendente que están teniendo con su compañer@. Después te mirarán con cara de ajo si no muestras un terrible interés por comprar, y te pondrán mil pegas si te quieres probar una camisa que está dobladita y con los alfileres: "pruébese esa otra, que es igual que esta", señalando una toda doblada y medio raída que tienen para que no les hagas volver a doblar, guardar, etc. la camisa que te interesa si al final no te gusta. Igual se piensan que tenemos dotes adivinatorias y que sólo con echarle un vistacito a una camisa ya sabemos cómo nos quedará, si nos apretará la sisa, si la manga nos está larga o simplemente si nos gusta en nuestro cuerpo o no. Hay cada imbécil atendiendo al público que te preguntas si realmente está ahí porque no sabe hacer otra cosa.

En otros países, la situación es bien distinta. La gente sabe quién debe tratar bien a quién cuando alguien va de compras a gastar su dinero, sabe quién le está haciendo un favor a quién. Más aún cuando hay miles de tiendas donde elegir. Tienen el concepto competencia" bastante más claro, y actúan en consecuencia. Te tratan bien, con educación, y procuran que tengas lo que pides, aunque a veces tengan que lidiar con pesados. Esto ocurre en USA, y en muchos países europeos. Pero aquí todavía no llegamos a su nivel. Spain is different... todavía.

Hace poco he estado en El Corte Inglés (uuuuuhh). Iba con intención de dejarme pasta en un tema, por aquello del servicio integral y la comodidad de no tener que pensar en nada, que te lo den todo hecho, aún a sabiendas de que podría tenerlo más barato en otro sitio. Volví a casa decepcionado. El vendedor que me atendió cometió un fallo detrás de otro: no me catalogó correctamente (todo buen vendedor debe hacerlo de un simple vistazo), no vendió sus servicios correctamente (de hecho ni los ofreció, tuve que interrogarle yo sobre ellos), no sonrió ni se mostró afable, no me dió opciones, no mostró ni un ápice de empatía y lo peor: no dió soluciones a los problemas que yo le planteaba. Para qué más, claro. "Has perdido la venta, machote". Un par de días después he pasado por una tienda junto a mi casa, y me ha atendido una chica que, uno tras otro, ha ido clavando los aciertos en todos los fallos del otro. Resultado: al día siguiente ya me estaban llamando para venir a casa a ayudarme, y sin duda se lo llevarán, habrán ganado un cliente y recomendaré sus servicios a todo el mundo. Ahí está la diferencia. Tanto corte inglés y tanta leche... me río yo.

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domingo, 27 de mayo de 2007

Curiosidades VIII

Antes falsos que sincerosEs curioso lo poco que tolera la sinceridad esta sociedad en la que vivimos. La sinceridad se rechaza, se evita, incluso se castiga. Se valora al que sabe no utilizarla con habilidad, es decir, al que no es sincero, total o parcialmente, pero sabe hacer que parezca que sí lo es. El que miente, vamos.

Me parece horrible no poder ser totalmente sincero con las personas que tienes cerca. Pase que en este país no se esté acostumbrado a que la gente te sea hirientemente sincera por ahí, pero no cuando se trata de personas próximas. De la falta de sinceridad sólo se derivan malas cosas. Cosas tristes, consecuencias negativas y futuras frases del tipo "si hubieras sido sincero conmigo antes, otro gallo..." o "pues nunca me lo habías dicho" o "las cosas han salido así porque nadie me dijo que estuviera obrando mal". Pero veamos: ¿cómo se puede decir algo así, a toro pasado, cuando en el momento en el que se está toreando no somos mínimamente abiertos como para aceptar comentarios, críticas o simples anuncios sin rebotarnos, montar un cirio de mucho cuidado o guardar esa crítica negativa para siempre jamás en el corazón? Somos nosotros mismos los que, con nuestra actitud de rechazo ante la sinceridad, provocamos que los demás sean falsos con nosotros.

Es como cuando cualquier generación de padres (cualquiera; la historia se repite periódicamente) te pone límites en cuanto a qué hacer, o a qué hora hacerlo: en casa a las 12, no te puedes ir de fin de semana con tu novio, etc. A ver, señores: ¿cómo podemos ser tan cerrados y tan hipócritas de pensar que nuestros hijos no van a hacer a las 5 de la tarde (por ejemplo) aquello de lo que pretendemos protegerles o alejarles? "Pues harán lo que quieran, pero no será con mi consentimiento". Estúpidas frases merecedoras de constar en el libro Guiness de las gilipolleces. Prohibe a tus hijos que se vayan de fin de semana con sus parejas, no sea que le den al tema y tú no puedas hacer nada por evitarlo, y lo único que conseguirás es que hagan exactamente lo mismo (que es lo que les apetece, como a tí cuando tenías su edad), pero a las 5 de la tarde, a las 11 de la mañana, en su casa o en la tuya (e incluso en tu cama, sin duda alguna). Prohibe a tus hijos que fumen, o que beban alcohol, y ya sabes lo que harán en cuanto salgan de casa. Y así podríamos seguir.

Por lo tanto, lo único que los padres patrocinan con esta actitud es que los hijos les mientan. Ni más ni menos. La conversación sería algo así:

- Papá, mamá, me quiero ir este fin de semana a la casa que tienen los padres de Manu en la playa
- ¿Los dos solos?
- Si, claro
- Ni de coña, a ver qué te crees que es esto. Eres muy joven todavía, sólo tienes 17 años
- ¿Y?
- Y nada, que no te vas porque no queremos
- OK


Traducción de la conversación:

- Papá, mamá, me quiero ir este fin de semana a la casa que tienen los padres de Manu en la playa a pasárnoslo de puta madre, desfasar y follar todo lo que podamos
- Con mi consentimiento, ni de coña. Mis prejuicios me impiden ser partícipe de ese tipo de cosas. Eso sí, mientras yo no lo sepa, como si te lo haces con tres a la vez, pero no puedo darte mi permiso explícito, no estaría bien para mi débil conciencia. No he sido capaz de educarte correctamente ni de inculcarte unos principios sanos y correctos durante tu niñez, y ahora no me fio de tí por eso
- ¿Prefieres entonces que te mienta y te cuente algún cuento, como que me voy con Laura a cuidar a su abuela que está mala, para que no se aburra?
- Naturalmente. Cuéntame la novela que quieras, pero que sea decente para que mi conciencia quede tranquila
- OK

Lo mismo que este último comportamiento, que todos hemos vivido, patrocina la mentira de los hijos, el comportamiento de la gente que no acepta o asimila la sinceridad, patrocina la hipocresía, y también en cierto modo la mentira.

Qué pena.

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lunes, 2 de abril de 2007

La sociedad I

Ahí abajo, la sociedad españolaRecuerdo las otras urbanizaciones o pisos en los que he vivido. Estaban llenos de jóvenes. Me avergüenza decir esto por la parte que me toca, pero he visto una y otra vez cómo nadie conoce a nadie en estas comunidades, y cómo a nadie le importa esto lo más mínimo. ¿Quién les enseñó a todos estos incivilizados cómo comportarse en sociedad? ¿Papá y mamá? Pues vaya con esos papás...

Las sociedades están en continuo cambio, evolucionan. Los sociólogos sabrán más de esto. Cómo va a afectar a estas generaciones una serie de temas, como el hecho de que la vivienda cueste tanto que obliga a la mayoría de las parejas a que los dos trabajen fuera de casa, lo que deja en muchos casos la educación y el control de los hijos en manos de desconocidos o peor aún, en manos de aparatos conectados a la televisión (papá 1, papá 2, papá 3). Cómo nos está afectando el que en los telediarios tengan a bien mostrarnos en primer plano los trozos sangrantes de los seres humanos despedazados por el último atentado en oriente medio. Cómo afecta a nuestros hijos el ver cómo sinvergüenzas, vagos, inútiles y vividores tienen más éxito en esta sociedad y ganan más dinero viviendo del cuento que casi cualquier trabajador decente. Tantas y tantas cosas que aparecen en los últimos años y que forman parte de nuestra cotidianidad, sin duda están afectando a las nuevas generaciones, y sólo dentro de unos cuantos años, cuando ya sea tarde para poner remedio a nada, veremos los resultados.

Volviendo al tema: es realmente reconfortante ver cómo las personas mayores, en muchos casos ancianos, nos dan lecciones de urbanidad y comportamiento sin saberlo. Ver cómo no sólo conocen a todo el mundo, sino que se interesan, te preguntan cómo estás y cómo te va con una sonrisa en la boca. Sí, de vez en cuando cotillean, pero pídeles un favor, verás cómo están ahí al pie del cañón sin más interés que el simple hecho de echarte una mano. Resulta curioso ver el contraste de este tipo de comportamiento con el de los jóvenes. En las reuniones de vecinos, sin ir más lejos. La gente mayor trata los temas pensando en el bien de la comunidad, lo que nos irá mejor a todos, saben y calibran el impacto que tendrán ciertas decisiones para algunos vecinos, su problemática, e intentan minimizarlo. Curioso, al compararlo con ciertos personajes, desgraciadamente jóvenes, supongo que educados en la calle, que se expresan tan bien como un pitbull en la arena, y sólo van a las reuniones para explicar el problemón que tienen, para que la comunidad se lo solucione, para quejarse de todo lo que pueden e incluso para reventar las reuniones. El resto de temas les trae al fresco, el resto de vecinos no existen. Que les den por saco, mientras me solucionen mi tema. Qué bonito.

Me resisto a creer que así deben ser las cosas, que debemos pensar siempre en nosotros, que no nos deben importar lo más mínimo los seres humanos que nos rodean. ¿Para qué nos habrá tocado en herencia un cerebro con tanta capacidad? ¿Para qué tendremos ojos, oídos y sentidos? ¿Es tan difícil darnos cuenta de que estamos rodeados de otros seres humanos como nosotros? ¿Es que vivimos en una burbuja? ¿O es que a algunos les gustaría?

Recuerdo cuando hace no mucho hubo grandes disturbios en Francia. Los sociólogos se apresuraron a ir a todas las televisiones a explicar los porqués de tamaña barbarie. Parece que las raíces estaban unas décadas atrás, y habían evolucionado de mala manera porque nadie se había preocupado por pensar qué pasaría dentro de unos años en zonas pobres y mal comunicadas, con las siguientes generaciones de inmigrantes, con el paro, con el aislamiento, con la falta de recursos económicos, de educación y de cultura. Los que pueden hacer, cambiar, solucionar, esos a los que votamos de vez en cuando y que gastan el dinero que nosotros ganamos como mejor les parece, no se preocupan con este tipo de situaciones a medio-largo plazo. Las elecciones, el poder, los sillones y la pasta (nuestra pasta) que manejan se renuevan cada 4 años, no hace falta planificar ni estudiar a 20 ó 30 años vista, cuando a lo mejor están los otros en el sillón. Además, qué difícil, oiga.

Así nos va.

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viernes, 30 de marzo de 2007

La confianza I

La confianza nos lleva a cometer errores de concepto con nuestras parejas¿Por qué la confianza da asco? Hay pocos refranes tan ciertos como este, y mira que normalmente los refranes suelen dar en el clavo (la sabiduría popular, ya se sabe). ¿Qué impulsa a los seres humanos a sentir que llegado cierto punto de confianza, ya tienen derecho a comportarse como no lo hacían anteriormente? ¿Aparece algún derecho adquirido tras sobrepasar cierta barrera temporal en una relación? ¿Está escrito en algún sitio que debemos respetarnos hasta que pasen x meses o años? ¿Qué sitio es ese? ¿Es algún documento, libro, contrato o similar de cuya existencia desconocemos algunos?

Así son las relaciones entre los dos sexos; iba a decir "algunas veces" pero... me temo que es así siempre. Y que es inevitable, que va con la naturaleza humana. El creer que el tiempo nos da derechos. El perder las buenas costumbres con su paso. Deberíamos estar acostumbrados a verlo, a sufrirlo. Pero oye... que no me acostumbro! Qué rarito soy... Y ya meditando sobre ello...¿tiene alguna ventaja lo de la confianza? Le sacamos algún provecho los que notamos que a partir de cierto momento empieza a "dar asco"? Porque personalmente siempre he visto huecos cuando todavía no había confianza, pero raramente se han llenado cuando la ha empezado a haber. Y no es por quejarme...

Hablando de los tópicos que tanto odia una antigua amiga, ¿hay ascos de éstos típicos de hombres o de mujeres? ¿Es más típico de hombres ventosear pasado cierto punto, o de mujeres obligarte a ir a comer en casa de la suegra el domingo? ¿Es más típico de alguno de los dos sexos el dejar de arreglarse y querer verse bien una vez que piensas que has pillao? ¿o empezar a criticar despiadadamente la música que le gusta al otro? ¿Somos diferentes también en esto?

Lo ideal en una relación parece que sería el tener confianza desde el principio, para saber a qué atenernos todos, ¿no? Pero qué difícil es ser así de abierto... y no me refiero a ser abierto para mostrarte como eres... sino a ser abierto para aceptar que sean abiertos contigo. Las normas de educación que nos han enseñado desde pequeñitos nos hacen mantener las distancias siendo adultos, no sé por qué infausto motivo, mientras que cuando somos niños (todavía sin educar), aparte de decir la verdad con la más apabullante naturalidad, nos relacionamos con los otros críos sin prejuicios tontos, nos tocamos, nos besamos y mira... como que no pasa nada. En otras civilizaciones que no son la occidental, quizá "menos avanzadas" desde nuestro punto de vista, tienen un comportamiento mucho más natural que el nuestro, mucho menos encorsetado, y mira, sobreviven... no como aquí, que estamos acostumbrados a pegar un respingo cuando alguien nos roza la mano.

Pero hablábamos de la confianza. La que existe en las parejas. Bueno, la que debería existir, mejor dicho. Me río yo al suponer que en todas las parejas existe una confianza total. Esto no es como el valor en la mili, hay que currárselo, y depende de cada persona. Hay algunas personas tan retraídas y tan cerradas que aún con años de relación no logran tener un grado de confianza aceptable con sus parejas. Y eso, durmiendo todas las noches en la misma cama.

Haciendo un inciso, me viene a la mente una graciosa situación, acaecida tras una buena dosis de sexo, en la que la parte femenina se levanta a vestirse y uno se regodea visualmente con el espectáculo (los mejores pechos que vieron estos ojos... por lo menos hasta ese momento). Dándose cuenta de mi felicidad visual, ella se los tapa toda púdica y me espeta: "¿¡¿qué miras!?!". Años y años después todavía me pregunto el porqué y el sentido de aquella frase, sinceramente. ¿Cómo puede levantarse alguien de una cama en la que llevas horas haciendo todo lo impronunciable y sentirse extraña cuando te miran con todo el deseo del mundo tus turgentes, firmes, desafiantes y estupendísimos pechos? Perplejo sigo, todavía. De lo que surge otra cuestión: ¿da algún tipo de confianza intercambiar fluidos? ¿puede un@ practicar de 15 a 20 posturas del Kama-Sutra con alguien, y decir después que te vas al baño a vestirte, que te da corte que te miren? Me gustaría saber qué respondería la gente en general, y cada sexo en particular...

Resumiendo: qué bien está tener confianza para algunas cosas... pero qué triste es ver que ha llegado el momento de tenerla para otras.

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domingo, 25 de marzo de 2007

Los principios I

Los principiosTodos los seres humanos deberíamos tener principios. Todos deberíamos tener una serie de pilares básicos en los que se apoyara nuestro comportamiento; generalmente adquiridos de nuestros padres, si éstos se ocuparon de inculcárnoslos. Otros formados en nosotros por la propia experiencia en la vida. Normalmente, por la propia naturaleza de los principios, éstos deberían ser relativamente inmutables, aunque la vida se encarga de enseñarnos que inmutable del todo... no hay nada.

Mi experiencia hasta ahora me ha demostrado que es bueno no sólo tener principios, sino ser fiel a ellos. En nuestras relaciones con otros seres humanos, en el trabajo, en la vida en general. No vivimos en una cueva, interaccionamos con muchas personas al cabo del día, y es bueno mantener una dirección constante al recorrer el camino. No obstante, no todo el mundo tiene principios, o no todo el mundo los utiliza para guiar su comportamiento. En mi opinión, el peor es el que los tiene pero no los utiliza, porque a sabiendas se engaña a sí mismo, que no a los demás.

A veces le ha chocado a algunas personas encontrarse con alguno de los mios. Según parece, no estamos en una sociedad ni vivimos tiempos en los que ciertos principios se mantengan incólumes, por lo que algun@s se extrañan. Uno de ellos es no hacer el mal cuando sé diferenciarlo del bien. Un poco más específico sería el "no hagas a los demás lo que no te gustaría que te hicieran a ti". No, no sé hacer cosas que sé que están mal. No puedo hacerlas. No sé ser infiel. No puedo serlo casi ni de pensamiento. Más que nada porque no entiendo el tener una relación si vas pensando en tener, o peor, teniendo otras relaciones fuera de la tuya. Para eso... no la tengas, ¿no? No sé mentir. Mentir a sabiendas, mentir para ocultar. Mentir en lo que dolería saber como verdad. No sé cómo podría mirar a alguien a la cara sabiendo que le he sido infiel. Mis principios me impulsan a actuar así, no hay más. No puedo luchar contra ello. Es así, y ya.

No todo el mundo es así. Conozco a gente que me diría "pues yo quedaría con todas las mujeres que pudiera... y aprovecharía todo lo que me dejaran". Yo... no puedo. Conozco a alguno que practica con asiduidad la infidelidad, que se recrea en ella y la disfruta. Que se engaña intentando convencerte de que tiene algún exceso hormonal, cuando lo único que tiene es un exceso de ego. Que voluntariamente no quiere diferenciar entre lo que está bien y lo que está mal, porque nadie le abronca si elige la que sabe perfectamente que es la opción incorrecta.

El mundo está lleno de gente así. Son los que ignoran voluntariamente los principios que andan por ahí, en el fondo, y que conocen de sobra. Yo elijo no ignorarlos. Elijo regirme por ellos mientras pueda, elijo ser coherente con ellos, sean los que sean, y no darles de patadas haciendo que no van conmigo. Lo hago incluso cuando no me ve nadie, y en las situaciones en las que no afectaría a otras personas.

Sé que a nadie importa si lo hago o no. Pero no os imagináis lo tranquilo que duermo... y no necesito agenda para cuadrar las citas.

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sábado, 20 de enero de 2007

La soledad I

Los árboles, reyes de la soledadCurioso estado, éste de estar solo. ¿Cómo puede estar uno solo, rodeado de varios millones de personas, entre familia, amigos, vecinos y desconocidos? Al final, es cuestión de cómo te sientes, no de cómo estás.

¿Por qué esta sociedad en la que vivimos hoy genera este sentimiento de soledad, aún siéndonos difícil aislarnos del resto de las personas aunque lo intentemos? Las costumbres, la educación, la cultura... todas estas cosas nos hacen vivir en un entorno en el que el individuo pierde su identidad como tal, para pasar a formar parte de un colectivo en el cual, como en los hormigueros, carece de importancia quién eres, y sólo importa el resultado de lo que haces. Si eres útil puedes continuar en el sistema, si no eres útil se te arrinconará paulatinamente hasta eliminarte de él.

Me gustan los pueblos. Esos antiguos en los que ya sólo queda gente mayor. Pueblos en los que la gente te saluda por la calle aunque no te conozca. Te da los buenos días con la mejor de las intenciones. Te ayuda desinteresadamente si lo necesitas; incluso te abre su casa. Costumbres éstas que van desapareciendo como las gentes que todavía las conservan. Hoy, en las grandes ciudades como Madrid, plagadas de jóvenes tratando de abrirse camino, de medianaedaderos frustrados por una y mil cosas, y mayores que ven cómo la sociedad les aparta, conseguir que tus vecinos te miren a la cara o te saluden cuando te los encuentras en el pasillo es poco más o menos que una hazaña. Cada vez nos importa menos el resto de la gente y más nosotros mismos. Cada vez vamos más a lo nuestro y más a pisar al de al lado, no sea que nos pise a nosotros. En un panorama como éste, a veces se hace difícil no sentirse solo.

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