El amor V
Hoy ha sido el día de los enamorados. Kebonitto. Algo diferente se podía respirar en el ambiente. Al principio, esta mañana, no me he dado cuenta. He pasado toda la mañana pensando: "¿Qué pasa hoy, que todos mis compañeros de trabajo son taaan agradables conmigo? ¿Qué sucede hoy, que por todos lados oigo frases amables, recibo sonrisas, buenos gestos, expresiones agradables y piropos? ¿Qué les pasa hoy a todos, que hacen del trabajo un sitio tan maravilloso que se me hincha el pecho de la alegría que me da estar aquí? ¿Qué será, qué será?". Hasta después de comer no me he dado cuenta de que era 14 de febrero, San Valentín, día de los enamorados. "Claro, ahora caigo. Es por esto que se respira este ambiente de cordialidad, de cooperación, de buen rollito. Es por esto que todos rezuman amor por cada uno de sus poros". Qué tonto he sido, fíjate que no darme cuenta. Qué torpe.
Después, en vista del abrumador espíritu amoroso que invadía la estancia, he tenido a bien preguntar a todos los enamorados qué tenían pensado de especial para con sus respectivas en un día como el de hoy. Al cuarto que o bien negaba con la cabeza o contestaba "nada", me ha dado corte seguir y he decidido abandonar mi iniciativa. He preferido abrir un navegador en images.google.com y buscar "amor", a ver si ahí encontraba algo.
Tras salir de ese corazón gigante que ha sido hoy el edificio en el que tengo la inmensa fortuna de trabajar, me he enfundado el casco y me he bajado a la M30, sólo para encontrarme con unos cientos de enamorados más que, con el pecho henchido de felicidad, demostraban a cada paso el amor que irradian por sus semejantes. Tal despliegue de cariño no ha hecho sino llenar aún más (si cabe) mi corazón con buenos sentimientos, y mi mente de bellas palabras.
Para celebrar como se merece un día como el de hoy, he decidido demostrar mi amor a mis vecinos, e ir a comprar unas bombillas al centro comercial, que la del rellano del primero está fundida. De camino, tanto amor me he encontrado por la calle, que a duras penas he conseguido apartar los corazones a mi paso, ya que todo lo rodeaban. Una vez en el centro, camino de la bombillería, la casualidad ha puesto en mi ruta a un antiguo compañero de trabajo. Tenía la típica expresión agobiada de quien busca a última hora algo para cariño y no encuentra nada. Resignado, me lo cuenta y me muestra su as en la manga, un "vamos de compras y te regalo algo que te guste". Le deseo suerte con su as en caso de que finalmente no encuentre nada y nos separamos.
Ya en la bombillería, compruebo los estragos que un día como el de hoy hace en las compras "estándar". Tres cajeras con los brazos cruzados, cuando normalmente siempre hay fila en la que entretenerte.
- Parece que hay poca clientela...Encuentro la confirmación final en la floristería de enfrente. La señora que la atiende normalmente está flanqueada por dos "ayudantes por un día" que no dan abasto a envolver rosas de variados colores en celofán. Le pongo encima del mostrador un centro de flores secas muy chulo al que había echado el ojo hacía unos días, y le digo que me cobre. Me mira y me regala una gran sonrisa amorosa mientras se hace una idea equivocada de mí. Antes de que me de cuenta, comienza a envolverlo en celofán.
- Sí, no sé qué fue que pasó hoy [con acento colombiano]
- Estarán todos enamorándose por ahí
- [Risas] Sí, apuesto a que sí
- Eerhhh...no, no me lo envuelvaFinalizo mis obligaciones del día derrochando watios para mis vecinos, y me retiro a mi guarida con la esperanza de que lo poco que queda de hoy no se me haga muy largo. De cualquier modo, si por ventura esta fuera mi última entrada, haced que inscriban en mi lápida:
- ¿Cómo? ¿No quieres que te lo envuelva? [cara de sorpresa]
- Ehhmmm... no... ehmmm... no, no hace falta. Si es para mí.
- Ah... vale [no explico la expresión de su cara, ni lo que piensa, ya que es evidente; ahora sí que acierta]
"Murió aplastado por el amor que le rodeaba".A Fátima y María.
Esta canción me gustó mucho. Siento no haber acabado mis clases de catalán.
Nunca me ha gustado especialmente la televisión; de hecho, rara vez la veo. Me parece una bazofia infumable, sobre todo los canales generalistas. Pero últimamente me estoy americanizando, y he descubierto que la única TV que se salva es la de pago. Hay algunos canales que merece la pena ver; algunos de vez en cuando y algunos continuamente. Entre los primeros, el que emite la serie que veo siempre que pillo: Sex and the city, o Sexo en Nueva York, el título que han decidido darle aquí.
Todavía no he llegado a la mitad de mi vida, pero ya he pasado ese punto en el cual te paras a hacer repaso de dónde estás, y compruebas si coincide con dónde querías estar al llegar aquí. El momento, o la frecuencia con la que hacemos esto, no es un estándar; hay gente que navega por la vida improvisando, sin plantearse nada, mientras que en el otro extremo, otros se pasan los años hamleteando sobre todo. Por ahí en medio andan los que lo hacen el 31 de diciembre a las 23:45, aunque claro, sin demasiadas pretensiones. Personalmente opino que no viene mal hacerlo de cuando en cuando, sobre todo cuando tienen lugar cambios de importancia en tu vida; los finales de etapa, los comienzos de otra. Puede ayudar a situarte, y te puede dar información valiosa sobre lo que hiciste bien o mal, por si pudieras aplicarlo en el futuro.
Ya lo había oído antes de sentirlo. En boca de los protagonistas o de alguno de sus seres queridos: hay dos cosas que inevitablemente pasan por tu cabeza los días posteriores a un accidente. Una de ellas es la fragilidad del cuerpo humano. No está diseñado para moverse a más de 35 ó 40 Km/h. Incluso a esa velocidad, cualquier golpe con un objeto sólido nos produce un gran daño. Roturas, desgarros. Somos frágiles, nos rompemos. Si la velocidad aumenta, nuestra fragilidad lo hace proporcionalmente. A más velocidad, nos asemejamos al cristal. Pero la gente parece no entenderlo. No es la típica cosa que uno piense cuando pisa un acelerador, o peor aún, cuando gira la muñeca. Pero no por ello deja de ser menos cierta. Si alguna circunstancia desgraciada ocurre, las leyes de la física se encargan de recordárnoslo de golpe. Después, sólo podemos lamentar. Y meditar sobre esta cuestión... y la siguiente.
Hay grandes cosas en la vida que te hacen sentir bien. Te pueden hacer sentir eufórico, pletórico, realizado. Son grandes triunfos, consecuciones de algo que llevabas mucho tiempo persiguiendo, como finalizar una carrera, casarte, acabar una casa, hacer algo importante que la gente admire. Todas estas cosas te hacen sentir muy bien, te suben la moral, y es un sentimiento que dura... ¿unos días? Pasado poco tiempo, se desvanece, uno vuelve al nivel habitual de realidad y continúa trabajando encaminado hacia la consecución de otro gran hito (o no, dependiendo de lo inconformistas, imaginativos, ambiciosos, etc. que seamos). Volver a alcanzar el nuevo hito que nos fijemos volverá a ser cuestión de mucho tiempo y esfuerzo, y siempre sin garantía de éxito.

