jueves, 8 de noviembre de 2007

La soledad VIII

Vuela, vuelaEs un ventoso día de otoño, y aunque ya empieza a hacer frío, Marc decide caminar. No tiene prisa, nadie le espera. Cierra su gabardina y alza el cuello para protegerse un poco mejor. En el fondo le gusta sentir el aire fresco en la cara, pero hoy está un poco despacible. Un gesto en su bolsillo y su MP3 comienza a sonar. Amaral le canta una canción que conoce perfectamente.


Las calles se suceden. El viento le alborota el pelo mientras se fija en lo curioso de la letra. Parece que la está viviendo. Recuerda una situación; recuerda haber hecho daño a alguien. No está orgulloso de ello, pero sabe que a veces viene bien darse de bruces con la realidad. Duele, pero indica por dónde no puedes ir. Ayuda a encontrar otro camino.

Se acabaron los días de verano. Llegan, una vez más, los días de otoño y los de invierno, que le harán recordar de nuevo lo solo que está. Las noches cada vez más largas pondrán a prueba su aguante. Pero está decidido a seguir caminando, donde quiera que le lleven sus pies. Sabe que no puede pararse.

Al pasar por el templo de Debod decide verlo de nuevo, a la luz del día. Al fondo hay una bonita vista. Apoya sus manos en la valla y deja que el aire frío de la tarde inunde sus pulmones. Por unos instantes, es como si nada sucediera. La mirada fija en el horizonte, la mente muy lejos de allí. Un avión, una isla. El tiempo pasa y no vuelve.

De vuelta al presente, da media vuelta y regresa a su ruta habitual. Se cruza con unos y otros, desconocidos todos. Hay movimiento. La ciudad, en el fondo, parece alegre. Parece.

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